MARIA MONTESSORI (1870-1952)

Nació el 31 de agosto den 1870 en Chiaravalle, provincia de las marcas, Italia; murió el 6 de mayo de 1952 en Noordwijk, Holanda.

Curso estudios en la universidad de Roma, y fue la primera mujer medico de Italia, se graduó de la escuela de medicina en 1896 y comenzó la Casa di Bambini, en 1906 en Roma.

Es conocida por el método Montessori para la educación preescolar, su sistema extendido por todo el mundo, defiende el desarrollo de la iniciativa y de la autoconfianza para permitir a los niños hacer por ellos mismos las cosas que les interesan, sin los limites de una severa disciplina.

Cuando un niño esta preparado para aprender algo nuevo y más difícil, el profesor dirige los primeros momentos para evitar esfuerzos excesivos y el aprendizaje de hábitos erróneos;

Consideró siempre que la ciencia debía comprometerse con los problemas y destinos de la humanidad. Por esto, desde sus primeras actuaciones, se entregó a enfrentar serios problemas sociales, no como “benefactora” sino como científica. Su vocación por los procesos de formación del hombre la llevó desde la antropología pedagógica a los trabajos de recuperación de niños oligofrénicos, punto de contacto entre medicina y educación.

Afirmaba la joven médica dos convicciones que habría de orientar su trabajo futuro:

1)que la pedagogía necesita como base indispensable la psicología, y

2) que los adelantos observados en la educación de los niños deficientes podían aplicarse, con los recursos científicos adecuados, a los niños normales.

Montessori reacciona contra la psicología fisiológica o psicométrica, que tendía a estatizar él dinamismo de la vida psíquica, que sorprendía hechos aislados y pretendía dictar leyes a la educación.

Utilizó el término “individualidad” para asimilarlo como sinónimo de carácter y para adscribirlo a una tipología, en las que las diferencias personales se homogenizan en paradigmas abstractos. “Los educadores, a quienes para su acción práctica sobre la infancia no se les enseñan otros conocimientos que los que se obtienen estudiando esta abstracta

personalidad, entran en el campo de la escuela con el preconcepto de que deben buscar entre todos los escolares, poco más o menos, la encarnación de ese tipo, y así, durante años y años, se hacen la ilusión de haber conocido y educado al niño”.

Montessori permite a los niños aprender a leer y escribir mas rápidamente y con mayor facilidad.

Entre sus escritos destacan “El método Montessori” (1912) y “Desarrollo del metodo Montessori” (1917).

--Disciplina de la libertad—

¿Cómo obtendremos la disciplina en una clase de niños libres? Cierto que nuestro sistema concibe de modo diferente la disciplina, si la disciplina se funda en la libertad, debe necesariamente ser activa. No decimos de un individuo que es disciplinado porque ha llegado a ser artificialmente silencioso como un mudo, e inmóvil como un paralítico. Ese es un individuo anonadado, no disciplinado.

Llamamos disciplinado a aquel que es dueño de sí y que puede, en consecuencia, disponer de sí mismo donde sea preciso segur una regla de vida.

Esta idea de disciplina activa no es fácil de comprender y de obtener, pero de fijo contiene un alto principio de educación, bien distinto de la coacción absoluta e indiscutida de la movilidad.

Una técnica especial es necesaria a la que instruye para guiar al niño en este camino de la disciplina, por donde deberá marchar toda su vida, avanzando indefinidamente hacia la perfección. Cuando el niño aprende a hacer movimientos en lugar de permanecer inmóvil, no se prepara para le escuela, sino para la vida; de suerte que llega a ser individuo correcto pro habito y por practica aun en las manifestaciones sociales corrientes. Así, el niño se acostumbra a una disciplina no limitada al ambiente escolar, sino extendida a la sociedad.

La libertad del niño debe tener por limite el interés colectivo; por forma, lo que llamamos educación de los modales y los actos.

Debemos, pues, proscribir en el niño cuanto puede perjudicar a los demás u ofendernos; todo lo que signifique descortesía o acción menos digna. Pero todo lo demás, toda manifestación que tenga un fin útil -sea cual fuere y bajo la forma que fuere—debe ser, no solo permitida al n niño, sino observada también por el maestro. Porque eso es lo esencial. El maestro deberá adquirir no solo la capacidad que le venga de la preparación científica, sino también las cualidades del observador de fenómenos naturales. En nuestro sistema, deberá ser persona paciente, mas que activa, y su paciencia estará formada por una ávida curiosidad científica y de un respeto absoluto para el fenómeno que quiere observar. El maestro debe comprender y sentir su postura de observador; la actividad debe residir en el fenómeno.

Apliquemos este principio a la escuela de niños que despliegan las primeras manifestaciones psíquicas de su vida. No podemos calar las consecuencias de un acto espontáneo, ahogado cuando el niño comienza a obrar; con ello ahogamos tal vez la vida misma. La humanidad—que se revela en sus esplendores intelectuales desde la edad encantadora de la infancia, como el sol se levanta con el alba y como la flor se manifiesta con la primera aparición de los pétalos—debería ser respetada con religiosa veneración; y si algún acto educativo ha de ser eficaz, será el que tienda a ayudar al completo desarrollo de la vida.

Para llegar a este fin es necesario evitar rigurosamente la detención de todo movimiento espontáneo y la imposición de actos por voluntad ajena; a menos que se trate de acciones inútiles y peligrosas porque estas, claro esta, deben justamente ser ahogadas y destruidas.

Jamás se podrá obtener parecida disciplina por medio de mandatos, ordenes reiteradas o por los medios disciplinarios universalmente reconocidos.

Así, no solo resultan ordenadas las acciones, sino también multiplicada la vida. En efecto, tal disciplina se relaciona con los trabajos extraordinarios para la edad de los niños; y esto no depende ciertamente del maestro, sino de una especie de milagro que se opera en la vida interior de cada pequeño.

Para conseguir la disciplina es por completo inútil echar mano de reproches y de discursos persuasivos; estos pueden, tal vez, al principio producir la ilusión de cierta eficacia; pero tan pronto como aparezca la nueva y verdadera disciplina, todo caerá como la fantasía ante la realidad.

Las primeras nociones de disciplina nos las da el trabajo, mas tarde o más temprano ocurre que un niño se interesa vivamente por su trabajo, así resulta de la expresión de su rostro, de su intensa atención, de su constancia en el mismo ejercicio. Ese niño llegara a conseguir la disciplina y eso, cualquiera que fuesen la acción que ejecuta, el resultado será el mismo.

Por otro lado, sin embargo, podemos ejercer nuestra influencia sobre el niño mediante lecciones repetidas, basándose en silencio; la inmovilidad perfecta, la pronta atención para recibir su propio nombre pronunciado de lejos y en voz baja, los movimientos ligeros coordinados para no tropezar los objetos y el andar muy suave y ligeramente. Todo constituye una preparación muy eficaz para ordenar la personalidad motriz y psíquica.

Cuando el fenómeno trabajo queda establecido, debemos vigilarlo con escrupulosa exactitud, graduando los ejercicios según las indicaciones de la experiencia.

La mayor dificultad consiste en disciplinar la verdad al hombre. No se consigue esto con la palabra, porque un hombre no se disciplina con solo oir hablar a otro, pero el fenómeno requiere, como preparación, una serie de actos complejos, como son, por ejemplo, la entera aplicación de un método educativo.

Se llega pues, a conseguir la disciplina por un camino indirecto. No es afrontado el error y combatiéndolo como se llega al fin, sino desarrollando la actividad por medio del trabajo espontáneo.

De cualquier forma, el trabajo no puede ser impuesto al niño arbitrariamente, y en esto mismo consiste el método. El trabajo que le tendremos preparado será aquel mismo a que aspira intima y oscuramente, aquel mismo que reclama en secreto con las tendencias latentes de su ser y en el que su individuo quisiera formarse poco a poco; en fin, el trabajo capaz de ordenar su personalidad y de abrirle un camino de expansión sin limites.

Otra observación importante se refiere a la duración del tiempo de ejecución de los actos. Los niños que hacen por si mismos sus primeros ensayos son muy lentos al ejecutar sus actos. Sui vida, a este respeco, tiene leyes particulares por completo diferentes a las nuestras.

Los pequeños cumplen con lenta constancia actos complejos muy agradables para ellos, como son vestirse, desnudarse, lavarse, todo esto es muy paciente, y terminan sus actos, laboriosamente, venciendo todas las dificultades que supone un organismo todavía en vías de formación. Y nosotros, que creemos verlos fatigados y perdiendo el tiempo siempre a consecuencia del mismo prejuicio de que el fin perseguido es el cumplimiento del acto externo, nosotros, digo, lo sustituimos deliberadamente haciendo lo que ellos quisieran hacer; vestimos y lavamos al niño, le quitamos de las manos los objetos que tanto le gusta manejar, le ponemos sopa en el plato y se la metemos en la boca y quitamos la mesa en vez de el.

Y por contrario, le tendemos, injustamente, incapaz o inepto; o le acusamos de lentitud únicamente porque no tenemos paciencia para esperar le fin de sus actos, que obedecen a leyes de tiempo diferentes a las nuestras; o le reprochamos por querer imponernos su voluntad, cuando somos nosotros lo que hemos abusado de nuestro poder. ,

Esta acusación, esta injusticia, esta calumnia, pesan, con el peso de un dogma, sobre la paciente y dulce personalidad del niño.

Como cualquier hombre fuerte que defiende con valor su derecho a la vida, el niño se revela contar quien ofende aquel algo que siente en si, y que o es mas s que la voz de la naturaleza, a la cual debe obedecer. Entonces es cuando quiere hacer comprender con actos violentos, con gritos y lloros que ha sido oprimido. Con retroceder en su camino natural, se las ha como un rebelde, un revolucionario, un destructor. Por eso, el adulto, aun amándolo, remacha la calumnia si confunde la defensa sed la vida ofendida con una rabieta propia solo de niños pequeños.

Con frecuencia -otro prejuicio—creemos que para obtener del niño un acto voluntario basta con mandárselo y llamamos a esto la obediencia del niño.

Abundan los niños desobedientes de tres o cuatro años; su resistencia nos desespera y a veces nos hace renunciar a ser obedecidos. Y pregonaos mucho a los niños la virtud, por excelencia, propia de la infancia, justamente porque no la encontramos sino rara vez en los niños.

Bastaría, sin embargo, considerar que esta obediencia, sobre la que tanto insistimos, se manifestase mas tarde como un primer encosayo natural en los niños ya mayores, y después como un instinto en el hombre, que se produce espontáneamente, y es casi uno de los instintos mas fuertes de la humanidad. Porque la sociedad esta organizada por completo sobre el plan de la más maravillosa obediencia, y la propia civilización no progresa sino sobre los carriles de esa misma virtud.

Es, pues, natural que, queriendo a un niño, le indiquemos la obediencia como camino de vida, y se comprende la inquietud que casi todos los experimentamos al chocar contra la desobediencia característica de los niños. Pero no se puede llegar a la obediencia sino para una formación compleja de la personalidad psíquica; para obedecer no gasta solamente querer, obedecer, sino también saber obedecer. Al ordenar una cosa, se deja entender que hay una actividad correspondiente para hacerla o para no hacerla; la obediencia lleva, pues, consigo una formación de la voluntad y una formación intelectual.

Preparar en sus detalles esta formación mediante ejercicios especiales, es aunque indirectamente, empujar al niño hacia la obediencia.

Por
Kapthar