OPINIONES DE AYER

Hay datos y hechos recientes que revelan nuevas y viejas preocupaciones respecto a la xenofobia y el racismo. Veamos algunos ejemplos. La macroencuesta patro­cinada por los Ministerios de Educación y Trabajo, entre jóvenes de toda Es­paña de edades comprendidas entre los 13 y los 19 años, arroja tres estadísticas especial­mente llamativas: tres de cada cuatro encuestados quieren que el país impida la llegada de nuevos inmigrantes; un 10,4% se declara abiertamente racista, partidario de la limpieza étnica y simpatizante del Frente Nacional de Le Pen; y se detecta un mayor rechazo hacia los magrebíes, un colectivo con un peso previsiblemente muy importante en el futuro.

El informe de SOS Racismo, aparte de denunciar las agresiones físicas llevadas a cabo contra los inmigrantes más pobres por parte del racismo más duro y activo, pone de relieve el denominado racismo cultural o social, más sutil, pasivo y encubierto que, con sus actitudes insolidarias, niega o dificulta a los recién llegados el acceso al trabajo y a      una vida digna. Se trata de comportamientos­ que no generan titulares en los rotativos, pero que resultan igualmente perniciosos, ya que los practica, de forma más o menos consciente, un importante sector de la ciudadanía. Por último, el informe de la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios destaca la escasa variedad de etnias que aparecen en los programas infantiles, y las connotaciones negativas que suelen rodear a aquellas calificadas como minoritarias y diferentes.

En estas actitudes racistas y xenófobas hay mucha desinformación e ignorancia. Y eso alimenta recelos y prejuicios hacia lo desconocido y hacia el extranjero más débil. Lo que no es otra cosa que una manifestación más del miedo a la libertad. Las discriminaciones legales y reales de los inmigrantes se resuelven con un cumplimiento escrupulo­so de los Derechos Humanos y su ampliación a nuevos supuestos que garanticen más eficazmente el respeto a la diversidad cultural de cada colectivo y la igualdad de cada persona. Algo que obliga a emprender medidas preventivas —y no prioritariamente re­presivas, como las que emprende la Administración apoyándose en una Ley de Extran­jería impropia de un Estado democrático— por parte de los diversos agentes sociales.

En la escuela hay que modificar políticas educativas, discursos y prácticas. Para evitar las escuelas públicas gueto, que concentran un alto porcentaje de inmigrantes pobres y todo tipo de potenciales excluidos sociales, muchos de ellos rechazados por centros pri­vados subvencionados con fondos públicos. Para promover sólidos y sostenidos programas antirracistas que sustituyan a campañas y celebraciones puntuales bienintencionadas, pero que a menudo subrayan los aspectos más anecdóticos y folclóricos. Para confeccionar materiales curriculares que reflejen la complejidad y variedad de códigos, voces y expresiones culturales. Y, sobre todo, para hacer compatibles la diversidad y la igualdad. Éste es el reto de una escuela intercultural comprometida con la formación de una ciudadanía más culta, libre y democrática.

 

       Octubre 1998,  Nº.273 , Editorial de Cuadernos de Pedagogía