Pedagogía y educación
Valentín
Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía. Universidad
Complutense de Madrid
ESCRIBO
este artículo para verEscriboter algunas ideas sobre las relaciones entre
la educación y sus fundamentos científicos o pedagógicos. La pedagogía, en
cuanto ciencia descriptiva y normativa, tiene hoy una influencia limitada sobre
la educación. Aunque los numerosos y poderosos factores, algunos de nítido
signo negativo, que gravitan sobre la formación justifican parte de su
debilidad, considero que la pedagogía carece en la actualidad de la hondura que
debiera, quizá por la llamativa discrepancia/dispersión existente en su seno
que se refleja incluso en el plano legislativo. Es posible que andando el tiempo
tamaño batiburrillo resulte positivo, mas por el momento este totum
revolutum resulta, cuando menos, desconcertante.
La mejora de la educación exige además virar el rumbo de la pedagogía, que
ahora circula por vía demasiado estrecha y sombría. Los gélidos
planteamientos pedagógicos procedentes de despachos oficiales explican en parte
el deterioro instructivo y los problemas de convivencia escolar. Una sociedad en
acelerada transformación necesita una educación que conserve sus más
preciados cimientos humanísticos y se abra al nuevo aliento de la ciencia y la
técnica. Se requieren, además, los esfuerzos provenientes desde todos los
rincones.
Lo que quede de sensatez debe agitarse. Hay que aspirar al establecimiento de
unos principios pedagógicos sólidos que se acepten de forma unánime. El
consenso razonado ha de servir de base al legislador, no los colores de partido.
El compromiso con una educación a la altura de las circunstancias es
ineludible. Se requiere, en primer lugar, un profundo conocimiento de nuestra
realidad, para la que no cabe abusar de fórmulas foráneas.
El libro de la vida
La
magna pedagogía, a la postre, debe nutrirse del libro de la vida. En sus páginas
se hallan vicios y virtudes, actitudes y toda suerte de conductas. Sea en la
calle, en el parque, en el transporte, en el mercado o en cualquier otro lugar
no falta ocasión, por ejemplo, para calibrar el comportamiento cívico, tan
requerido. Al avezado pedagogo no se le escapan estilos conversacionales,
valores, hábitos de todo tipo, etc.
En los medios de comunicación las posibilidades de exploración son enormes,
aunque a menudo no guste lo que se oye y se ve. Una pedagogía así, sensible a
la realidad, exige afinar los sentidos y permanecer alerta a cuanto se ponga por
delante. Se precisa amplitud de miras, menos autocomplacencia y más empeño.
Una pedagogía caracterizada por su vibración popular, por su hondura y aun por
su comprometida misión, que permanezca ligada a la experiencia y a la
investigación, está llamada a orientar positivamente, pese a su aparente falta
de rigor, la educación. Pulse cada cual cómo es, sin embargo, la pedagogía
existente y hasta qué punto sintoniza con la realidad circundante. Parece que
anda miope, si es que no está ciega. Poco o nada dice sobre la “buena educación”.
Renovación pedagógica
Resulta
que la ciencia mater de la educación -hoy más madrastra que madre- se
ha quedado confinada en los límites grises y angostos de los departamentos
universitarios. Ha renunciado a su natural función acrecentadora y directriz
del comportamiento de chicos. De los grandes, por supuesto, ni hablar. Que el niño
no lee y sólo ve televisión, no es de su incumbencia. Que el adulto incumple
sistemáticamente su palabra, es cada vez más bruto y no saluda a vecinos ni a
compañeros, no es objeto de sus desvelos.
La pedagogía se preocupa más de acicalarse y de ocultar sus muchos lunares que
de consagrarse a la formación. Con tal de que adorne, poco importa que el árbol
de la educación no dé frutos. Aunque se pinte de colores, esta “paleopedagogía”
tiene poco seso y el cuerpo achacoso. Ha prescindido de sus bases y ha dado paso
al anacronismo. No es más que un manojo de pedantes ideas, tan infladas como
inadecuadas, recogidas en papel demodé.
La educación ha dejado de abrazar el principio del ser para subordinarse al
tener y al aparentar. Ha quedado sumida en la oscuridad, sin saber a ciencia
cierta hacia dónde dirigirse. A menudo se juzga moderna por sus artificiales
luces en espacio sombrío por el que desfilan cada vez más espectros.
Es preciso buscar una nueva teoría educativa capaz de orientar armónica y
saludablemente el desarrollo personal. Una guía que sea realmente animadora de
formación. Que no titubee ante los cambios familiares, escolares y sociales que
se producen, sino que los asuma y, hasta donde sea posible, los encauce.
Al abandonar su privilegiada atalaya científica para acomodarse en la poltrona
del relumbrón, la pedagogía renuncia en gran medida a su función directiva,
entre otras razones porque carece de la panorámica educativa que debiera. No
puede conducir bien lo que no conoce suficientemente.
La pedagogía es discurso científico y la educación es ante todo praxis. Ésta
debe inspirarse en aquélla, sin soslayar que hay fuerzas, a menudo refractarias
a las ideas pedagógicas, que también dejan su huella en la formación. Es el
caso, por ejemplo, de las acciones políticas y de los mensajes lanzados por los
medios de comunicación. De lo dicho se deduce que, si el área de
influencia de la pedagogía es limitada, tampoco se puede responsabilizar a esta
ciencia de todos los males de la educación. Por supuesto, también cabe
demandar mayor presencia de la pedagogía en ámbitos en los que
tradicionalmente su acceso ha sido escaso o vetado.
La superación del anacronismo pedagógico
Cuestión
capital también es lo que Ortega y Gasset (1997, 155) denominó “anacronismo
constitucional del pensamiento pedagógico”. En síntesis, a lo que nuestro
egregio pensador se refiere es al hecho de que la pedagogía vigente en un
determinado momento adolece de considerable retraso, por nutrirse de ideas filosóficas
pasadas y con frecuencia periclitadas.
En verdad, si revisamos los manuales pedagógicos más reconocidos incorporados
a los programas de formación universitaria hallamos que, salvadas las obvias
diferencias, hay un exceso de ideas importadas, desordenadas, asépticas y
obsoletas que menoscaban el árbol de la educación y marchitan a profesores y
alumnos.
De todos modos, aun admitiendo cierto desfase pedagógico, procede convenir en
que no siempre la filosofía educativa pretérita es caduca ni rechazable. La
pedagogía debe salvaguardar las raíces, por posibilitar su crecimiento
vigoroso. Muy distinto es quedar atrapado por ellas o complacerse en una suerte
de petrificación. Tomen, pues, buena nota los legisladores y caciques que se
empecinan en fosilizar nuestra pedagogía y, con ella, la educación.
Los autores del pasado han de reconocerse en lo que valen, pero es menester
abrirse a la realidad actual y, en lo posible, a la venidera. Más que ir a la
zaga de los acontecimientos, la pedagogía ha de distinguirse por su audacia
exploratoria e innovadora. Esta labor prospectiva reforzaría su papel de luz y
guía de la educación, hoy demasiado apagada y desorientada, pese a la
acumulación de teorías. Quienes mejor encarnan esta sombría y asombrosa
estampa son, una vez más, los educadores, genuinos sufridores de la crítica
situación. Las implicaciones y complicaciones de este cuadro son múltiples,
pero acaso se compendien en el estrechamiento del horizonte personal y social.
Se advierten, en efecto, severos recortes tanto en el plano instructivo como en
el relacional. Esta rebaja de la calidad formativa trasciende los muros
escolares y entorpece la construcción de la convivencia y el auténtico
desarrollo individual y colectivo. Puede afirmarse sintéticamente que la
problemática coyuntura educativa apuntada tiene, al menos, un doble efecto
sobre un significativo número de egresados de nuestros centros de enseñanza.
Por un lado, la ralentización o suspensión de su preparación profesional. Por
otro, el deterioro de su vertiente comunicativa. Ambas secuencias se traducirán,
más pronto que tarde, en mayor flaqueza de la urdimbre social.
Que la única medida compensadora propuesta para la debacle que se nos viene
encima sea la esforzada promoción de un grupo elitista con acceso a las mejores
Universidades y programas no parece solución satisfactoria. Aun reconociendo la
existencia de una minoría particularmente dotada y acreedora de atención específica,
es preciso elevar la formación del alumnado en su conjunto. La educación
escolar conviene a todos, aunque en justicia han de establecerse grados que
respondan a la singularidad de cada cual.
La búsqueda de provecho partidista ha generado un vaivén educativo de funestas
consecuencias, sobre todo en lo que toca a la debilitación de la convivencia y
a los malos resultados escolares. Ya son muchas las voces que se elevan
protestando y demandando un consenso en la política educacional que nos permita
avanzar hacia buen puerto. El permanente oleaje legislativo resulta
desconcertante y ahoga numerosos corazones e inteligencias. En nombre del
progreso es hora de salir a flote.
Referencias
MARTÍNEZ-OTERO, V.
(2007): La buena educación. Reflexiones y propuestas de psicopedagogía
humanista, Barcelona, Anthropos.
ORTEGA Y GASSET, J. (1997): “Pedagogía y anacronismo”, págs. 155-158, en
Ortega y Gasset, J.: Misión de la Universidad, Madrid, Alianza Editorial.
Comunidad Escolar nº 826, febrero 2008
![]()
![]()