OPINIONES DE AYER
Étíca
y pedagogía:
Parece
que el valor central, sino el único, en torno al que se decide tanto la vida
personal del ciudadano como la misma organización de la res
pública es el dinero. Esta obsesión está
comportando un alarmante debilitamiento ético y una grave disolución del entramado
de valores de signo progresista que han configurado las instituciones políticas
europeas de la historia moderna. Celebramos ahora, con más liturgia que memoria
histórica, el bicentenario de la eclosión del triple horizonte que aún
alimenta la conciencia europea: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Pero
contemporáneamente no es difícil verificar el resquebrajamiento de cada uno de
esos axiomas y, en algunos casos, el incremento de sus contrarios.
Para
algunos la educación, la escuela, no es ya aquel indiscutible factor de
corrección de desigualdad que otrora fue. Además, dicen, se opone al
desarrollo económico y retarda el avance tecnológico. Anuncian la muerte de
la escuela, pero su responso es una oración al único dios que reconocen: el
mercado.
No
cabe duda de que los tiempos que corren son de crisis y de dificultades económicas.
También lo es que la distribución del sacrificio no es equitativa. Pero la
mayor pérdida, por inmaterial que sea, está en esa anemia ética, en la
ausencia de una vertebración moral —pública y también privada— capaz de
movilizar entusiasmos y de canalizar esfuerzos.
La
escuela padece de esa debilidad. Y la asimila como parte específica de su
propia deontología. Pero conviene afirmar que no puede existir una ética
pedagógica sin una ejemplar moralidad pública. Difícil lo tienen los
educadores que tratan todavía —y son muchos— de ser algo más que
funcionarios de la custodia y domesticación de niños y jóvenes. Ellos son
los que acuñan cotidianamente una deontología profesional sin rendirse a la
rutina, al burocratismo intelectual o al simple cinismo, de los que tantos
ejemplos encuentran en las clases gobernantes y en la misma apática ciudadanía.
No
es, ciertamente, como algunos pretenden, exclusiva responsabilidad de los enseñantes
la ausencia de una cultura pedagógica capaz de educar significativamente. La
escuela es institución que respira en la atmósfera de la sociedad en la que
vive. Y soplan vientos de egoísmo, codicia e insolidaridad.
Si
la clase política —esté gozosamente en la lujuria del poder o esté
golosamente en la rencilla de la oposición— no da ejemplo alguno de ética,
convierte la libertad en servidumbres minúsculas. la igualdad en marginación
patológica y la fraternidad en competitividad descarnada, ¿qué otra cosa
van a hacer quienes delegaron en ellos su representatividad? Se corre así el
riesgo de devaluarse peligrosamente las instituciones democráticas. Y la
escuela es una de ellas.
Para
que la reforma pedagógica alcance credibilidad, parece im prescindible una
cierta re formulación ética, una vertebración plural y progresista de los
valores eclipsados por la irresponsabilidad la superficialidad de la vida pública.
Sin ese reajuste ético, parece difícil conseguir cambiar esa vieja escuela,
hacer de ella un instrumento de equidad y un instante de felicidad para niños y
jóvenes.
CUADERNOS DE PEDAGOGÍA, nº 167, febrero de 1989