OPINIONES DE AYER
Mil novecientos ochenta y
ocho ha sido el año del debate de la reforma. Un debate débil y enturbiado por el tenso conflicto del
profesorado. Se discutía entonces sobre el esqueleto del sistema escolar,
desde la educación infantil hasta la educación secundaria. La longitud y
articulación de los distintos tramos, su obligatoriedad y gratuidad, lo común
y lo diverso en cada uno de ellos, son algunos de los aspectos en torno a los
cuales el MEC trata de alcanzar un consenso entre los colectivos sociales y
educativos. Pero ésa es sólo una singladura del largo viaje hacia la reforma
de la enseñanza.
Otra de las singladuras, para
nosotros la clave, nos remite a la andadura y al pensamiento del esqueleto
educativo. Hay tres preguntas que, desde antaño, se van repitiendo en
situaciones de expansión o de crisis: ¿para qué enseñar?, ¿qué enseñar? y
¿cómo enseñar? Se las hizo Sócrates en la Grecia clásica; se las hizo Dewey
en el crepúsculo de la escuela nueva y democrática; y se las vuelven a
plantear hoy y aquí los psicopedagogos más vanguardistas cuando tratan de
encararse con la necesaria reforma educativa.
La complejidad de tales
cuestiones reside en el hecho, a menudo interesada o ingenuamente olvidado, de
que la escuela es una construcción social en la que convergen intereses
individuales y colectivos; inercias del pasado y voluntades de futuro;
actuaciones y ritos impuestos y creaciones libres y autónomas; visiones
generales y puntos de vista miopes; egoísmos y solidaridades; burocracias
pesadas e incontrolables y procesos democráticos ágiles y transparentes; el
sentido común y el sin sentido; algo de ciencia y bastante ignorancia; la
comunidad educativa en su conjunto y los gremios con sus particularidades; cosas
imprescindibles y otras absolutamente prescindibles; aspectos propios de la
escuela y aspectos ajenos a ella pero que la condicionan sobremanera: en lo
económico, en lo social y en lo cultural.
La escuela se convierte, así,
en un inmenso puzzle donde piezas multiformes y multicolores rivalizan para
encontrar su hueco. Un puzzle que, de tanto en tanto, ve reformados el lugar y
la dimensión de sus piezas.
Este año de 1989 nos convoca
otra vez a replanteamos aquellos tres interrogantes tan lejanos como próximos,
a recomponer de nuevo el puzzle escolar.
La ocasión es excelente
para que el currículum no quede reducido, una vez más, a una acumulación
invertebrada de conocimientos asignaturizados —los de siempre más otros
nuevos— como resultado de las presiones y los equilibrios gremiales. Los
atributos de un currículum innovador deberían destacar más por la calidad que
por la cantidad. Y ello requiere un esfuerzo riguroso y solidario para
seleccionar objetivos y valores educativos, conocimientos culturalmente
significativos y procedimientos que sirvan para aprender sólidamente y para
aprender a vivir sanamente, aunque sea a costa de cambiar la vieja institución
escolar.
El reto que se presenta es el
de que el debate curricular no acapare únicamente la atención de los
expertos y de los núcleos pedagógicos ilustrados. La propuesta curricular
que el MEC ha elaborado tendrá más o menos éxito en la medida en que logre
penetrar en los centros y, al propio tiempo, sea explicada, comprendida y
debatida. Sin esas premisas difícilmente se alcanzarán unas dosis mínimas
de consenso, de entusiasmo y de credibilidad.
Una hipotética pasividad de administradores y administrados en el debate y en las decisiones psicopedagógicas puede dejar la reforma en un mero esqueleto inanimado.
Cuadernos
de Pedagogía, nº 166, enero de 1989