OPINIONES DE AYER

VIOLENCIA EN LAS AULAS

 Las cifras de la violencia en Estados Unidos son preocupantes: más de 200 escolares muertos en los cinco últimos años y 230 millones de armas de libre circulación, casi tantas co­mo habitantes. El paradójico e inamovible derecho constitucional a la defensa propia me­diante el uso de las armas, junto a la creciente escenificación del culto a la violencia, dificultan las acciones preventivas en pro de la convivencia y la educación para la paz. De ahí que los sucesos de Denver nos entristezcan enormemente, pero no nos sorprendan en exceso. La violen­cia escolar estadounidense tiene hoy por hoy una singularidad dificilmente trasladable a nuestro entorno. Pero no hay que olvidar que la mundialización económica y mediática hace que todo se exporte y que, de modo progresivo, todo se uniformice y se comparta.

También en nuestra sociedad se percibe un aumento de los síntomas de violencia y agresividad física o verbal que atentan 
contra los derechos individuales y obstaculizan la convivencia de la colectividad, y que vencía democrática en los centros esco1ares. Las semillas y las manifestaciones de la violencia son inherentes a la condición humana, y siem­pre se han exteriorizado socialmente. Antes se reprimían de forma autoritaria, tanto en el ámbito de la escuela como en la familia, o afloraban más llamativamente en la calle o en la Formación Profe­sional; ahora se concentran, sobre todo, en los centros de ESO de las zonas más desfavorecidas. En algunos casos la violencia escolar entre iguales o contra el profesorado se oculta, y en otros la pren­sa más amarilla y sensacionalista los magnifica. En algunos lugares, el fenómeno se aborda colecti­vamente en toda su complejidad, y en otros todo queda a merced de cada docente que, impotente y sin recursos, hace lo que puede o, simplemente, dimite de sus responsabilidades.

Es evidente que lo que ocurre en las aulas es un reflejo de lo que sucede en la sociedad: la dei­ficación de los valores competitivos y la imposición de la ley del más fuerte y el más corrupto; la intensificación y trivialización de la violencia visual e informática; la desigualdad, la marginación y el desarraigo social; el declive del papel socializador y educativo de la familia, donde la falta de comunicación conduce a la soledad y el aislamiento de la infancia y la juventud; la falta de reconocimiento del rol y la labor docente por parte de las familias y la sociedad... Y es evi­dente también que sólo desde la corresponsabilidad social pueden y deben pensarse diferentes acciones preventivas para evitar tener que tomar en un futuro medidas improvisadas de choque que, por lo general, suelen ser represivas y contraproducentes.

La escuela no puede cruzarse de brazos, y también posee su cuota de responsabilidad. No existen recetas mágicas, pero si pedagogías que tratan de construir comunidades basadas en el diálogo, el respeto mutuo, la participación y la integración de todo el alumnado. Y políticas educativas que tra­tan de evitar la masificación, convertir las escuelas en espacios de formación cultural más estimulan­tes, facilitar los recursos necesarios para orientar al alumnado, y garantizar una educación de calidad para toda la ciudadanía. En algunos lugares así se hacen las cosas, y los resultados son alentadores.

      Editorial de Cuadernos de Pedagogía, nº 281, junio 1999