JUEGOS Y CANCIONES
CANCIÓN
Rima infantil
Yeban las sevillanas en la mantiya un letrero que dise: Viva Seviya, un letrero que dise: Viva Seviya, Arrión, tren siya y cordón, cordón de Valensia, ¿donde vas, amor mio, sin mi lisensia? Las calles de Seviya se están arando, de rosas y claveles se están sembrando, de rosas y claveles se están sembrando, Arrión, tren siya y cordón, cordón de la Italia, ¡donde vas, amor mio, sin que yo vaya?
JUEGO
El capullero
Niños
y niñas hasta ocho años Lo jugábamos de pequeños. Cuando ya éramos
grandecitos, de algún modo nos parecía rebajarnos el jugar con el barro. Sin
embargo, algunas veces quitábamos el barro a los pequeños y les hacíamos una
demostración.
Ganar el juego consistía en dejar sin barro al
contrario o contrarios, porque algunas veces jugábamos más de dos. El material
era barro, cuanto más arcilloso, mejor. Y no era tan sencillo encontrar barro
bueno al lado de la Plaza, así que guardábamos nuestra pella de barro en los
agujeros de la Garita para poder utilizarlos en los recreos de la escuela. El
mejor barro, siempre cerca del pueblo, se sacaba del Herradero, donde está
ahora la casa del médico.
Se amasaba bien la pella de barro y se modelaba
una especie de cuenco con las paredes más gruesas que el fondo -algunas veces
me acuerdo del juego cuando como volovanes- , y el que le tocaba por suerte el
empezar, hacía la pregunta ritual: "Capullero, ¿se ve el agujero?" Y
se lanzaba el cuenco contra el poyo, de forma que la boca llegase con fuerza y
lo más plana posible. Al aplastarse, el aire que estaba dentro rompía el fondo
del capullero y el contrario tenía que taparlo con un trozo de su barro
mientras el tirador decía: "Capullero, tapa ese agujero".
La habilidad había que demostrarla no sólo a
la hora de tirar con fuerza y bien para que el agujero abierto fuera lo mayor
posible, sino que cuando tenías que tapar el agujero del otro había que
conseguir hacerlo con la lámina más fina que se pudiera para utilizar menos
barro propio. Y allí era el mojarse las manos en el pilón, echarse saliva en
las manos o en los dedos y restaurar como se pudiera el agujero. Después se
cambiaba y así hasta que tocaba subir a la escuela.