NOTICIAS
Jornadas didácticas: Inmigración y educación. La acogida en la escuela (Barcelona)
Fechas:
25 de marzo de 2006
Localización:
Barcelona (ciudad)
Organiza:
Fira de Barcelona
Descripción:
Jornadas didácticas para la educación infantil, primaria y secundaria.
Organización de contacto:
Barcelona (ciudad)
Telf: 93 481 73 73
eMail: assessorament@rosasensat.org
Salón Internacional del Estudiante y de la Oferta Educativa, Aula 2006 (Madrid)
Fechas:
Del 8 al 12 de marzo de 2006
Localización:
Madrid (ciudad)
Organiza:
Ifema
Organización de contacto:
Madrid (ciudad)
Telf: 902 22 15 15
Fax: 91 722 58 04
eMail: aula@ifema.es
III Jornada del Col·legi de Pedagogs de Catalunya. "La pedagogía profesional: mirando hacia Europa"
Fechas:
4 de marzo de 2006
Localización:
Barcelona (ciudad)
Organiza:
Col·legi de Pedagogs de Catalunya
Destinatarios:
Lugar de realización: CaixaForum Avenida Marqués de Comillas 6-8 Barcelona
eMail del evento:
Setmana de la Formació (Barcelona)
Fechas:
Del 22 al 26 de marzo de 2006
Localización:
Barcelona (ciudad)
Organiza:
Fira de Barcelona con la coordinación del dept. d’Ensenyament y del dept. d'Universitats
Descripción:
Estudiantes, universitarios, profesionales y empresarios interesados en conocer las diferentes propuestas educativas, las opciones para la ampliación de estudios, formación ocupacional, cursos de posgrado, etc.
Destinatarios:
Por primera vez en la historia del Saló, a la oferta educativa tradicional se añaden como sectores con personalidad propia la formación continua, la formación ocupacional y el denominado Forum del Trabajo.
Organización de contacto:
Fira de Barcelona
Av/ Reina María Cristina s/n
08004 Barcelona (ciudad)
Telf: 93.233.20.00
Fax: 93.233.23.68
eMail: ensenyament@firabcn.es---------------------------------------------------
La Generaliat de Catalunya contratará
a 2.500 docentes para implantar la sexta hora escolar
El Periódico de Catalunya - 11/02/2006
El Departament d’Educació de la Generalitat de Catalunya cuantifica en 1.197 millones de euros la aplicación del pacto por la educación. Las partidas más importantes de la memoria económica del “Pacte Nacional per a l’Educació” se destinarán a la contratación de 2.500 docentes para implantar la sexta hora diaria de clase en la escuela pública (248 millones de euros) y otros 2.000 maestros que permitan incrementar las horas de tutoría y atención familiar (150 millones).
La Conselleria d'Educació desveló ayer el contenido de la memoria económica
que ha elaborado para financiar las medidas incluidas en el proyecto de
“Pacte Nacional per a l’Educació” en vísperas de que las
patronales educativas, los sindicatos docentes y las federaciones de
asociaciones de padres anuncien si finalmente suscriben el acuerdo.
La memoria detalla cómo se invertirán 1.197 millones de euros (200.000
millones de pesetas) en cuatro años (2006-2009), de los que 248
millones, la partida más abultada, se destinará a la ampliación del
horario de los centros público en una hora de clase diaria. La extensión
horaria comportará contratar a 2.500 docentes. La medida, que se
implantará el próximo septiembre con independencia de si, finalmente,
se suscribe el pacto, irá aparejada a la financiación progresiva de la
sexta hora lectiva en la escuela concertada, que ya se oferta y es
costeada por las familias.
La memoria recoge la dotación presupuestaria --150 millones-- para
contratar a unos 2.000 maestros en dos años que posibilitarán un
incremento de las horas de tutoría y atención personalizada a alumnos
y familias. Y otros 49 millones para incorporar a las aulas de niños de
3 a 6 años un perfil profesional todavía inusual en el paisaje de la
educación infantil: el del técnico que apoya al maestro en
determinadas tareas.
La memoria incluye 85 millones destinados a los contratos programas, una
figura que los centros que se benefician de los conciertos podrán
suscribir voluntariamente con la Administración y que ha sido ideada,
sustancialmente, para vehicular las ayudas al sector privado por la hora
complementaria.
El documento presentado ayer incluye dos capítulos más relacionadas
con la ampliación horaria. Por un lado, se consignan 100 millones para
las becas de comedor, que registran un sustancial aumento, con vistas a
que, al reducirse al mediodía la franja horaria de descanso, crezca el
número de alumnos que utilicen ese servicio. Por otro, se dedican 1,5
millones a subvencionar a las asociaciones de padres para que puedan
contratar monitores que atiendan al alumnado de infantil (3-6 años) con
hermanos en la primaria durante aquellos periodos de la jornada escolar,
habitualmente a la salida, en que sus horarios no coincidan.
La anunciada apertura de centros entre el primero de septiembre y la
fecha de inicio del curso (12 de septiembre) y entre la finalización
del año académico (21 de junio) y el 30 del mismo mes va acompañada
de una dotación de 28 millones. Ese dinero se destinará a financiar
actividades extraescolares que podrán impartirse en los centros durante
esos días. A la generalización del programa de reutilización de
libros de texto se dedican 41 millones.
Salarios
Entre los beneficios orientados exclusivamente a mejorar la escuela
concertada se citan, además de la asunción del pago de la sexta hora
diaria, los 66 millones comprometidos para poder acometer la homologación
salarial del profesorado, cuyos sueldos se equipararán a los de la pública.
Y una partida de 6 millones que ha de permitir atender a 3.000 alumnos
que se matriculen en colegios privados que requieran necesidades
educativas especiales porque presentan deficiencias físicas o
sensoriales o se acaban de incorporar al sistema educativo catalán sin
conocer el catalán ni el castellano.
El apéndice económico del pacto incorpora una partida de 77 millones
para los cargos de dirección de las escuelas, a las que se reconoce
económicamente la asunción de mayores responsabilidades. Al plan de
formación permanente del profesorado se destinan 37,5 millones y a la
promoción de la salud laboral, que incluye el coste de los traslados de
puesto de trabajo o sustituciones, se le asignan 51 millones. Los
proyectos trienales de autonomía de centro son incentivados con 80
millones.
La consellera de Educació, Marta Cid, subrayó ayer durante la
presentación de la memoria que, con las medidas apuntadas en el
proyecto de pacto nacional por la educación, su departamento crea
"más ocupación que nadie" en Catalunya. Cid insistió en que
la memoria no comprometerá otras inversiones previstas, como el
programa de obras.
----------------------------------------
En el presente artículo, el autor plantea y abre un espacio de reflexión sobre la importancia de la presencia de la buena literatura en las aulas y la necesidad de fomentar la lectura de esa buena literatura entre los más jóvenes, así como sobre el papel y la labor que el docente debe representar en dicho proceso.
Reflexiones para fomentar la lectura de la buena literatura
Fernando
Carratalá
Doctor en Filología Hispánica y Catedrático de Instituto
¿En
qué medida una cierta crisis influye en el
desarrollo de las capacidades y actitudes lectoras de nuestros alumnos es
una de las causas que han contribuido a degradar la educación? Porque es
un hecho constatado -y ahí están los datos del último Informe PISA
2000/2003- que muchos de nuestros adolescentes escolarizados no saben leer
comprensivamente un texto, ni encuentran en la lectura el soporte cultural
con que ir desarrollando su personalidad. Y el desconcierto ante hechos de
tanta gravedad afecta por igual a docentes, a alumnos y a sus familias, y
también al mundo editorial. Pero para no caer en el desencanto, empecemos
por afirmar que el fracaso escolar del que es responsable directo la
vuelta de espaldas de la sociedad al mundo de la lectura solo puede
reconducirse desde un ingente esfuerzo personal y colectivo.
Esfuerzo -en primer lugar- del propio alumno, que ha
de tomar conciencia de que el aprendizaje lector debe ser afrontado con
seriedad y rigor, porque no hay aprendizaje auténtico sin trabajo
responsable y espíritu de superación. Esfuerzo -también- de los
docentes, que debemos estar dispuestos a introducir en nuestra práctica
diaria en las aulas los cambios metodológicos necesarios y los medios didácticos
adecuados para obtener el mejor rendimiento lector de nuestros alumnos,
apostando por formas de “acompañamiento personalizado” para fomentar
su motivación, adecuando los ritmos de aprendizaje a los procesos de
maduración personal. Esfuerzo -igualmente- de los padres, puesto que está
fuera de toda duda que la implicación de la familia en el proceso lector
-y, por tanto, educativo- de sus miembros en edad escolar es un factor
determinante. Esfuerzo -finalmente- del sector editorial, que ha de
proporcionarnos ediciones de textos que sirvan para despertar en los
adolescentes el goce estético que la lectura de la buena literatura
proporciona. Y así, con el esfuerzo de todos -de cada uno, desde la
parcela de su responsabilidad, incluida la autoridad educativa-, tal vez
vayamos abriendo las claves para una lectura placentera de cualquier tipo
de texto, sin renunciar -en un futuro más cercano que lejano- a la
comprensión y disfrute de aquellos otros con cierto nivel de densidad
conceptual o de complejidad estilística. De este esfuerzo colectivo es
esperable una fructífera cosecha, apoyada en la máxima 'Lectura,
lectura, lectura!', que entronca con aquel otro aforismo: 'Más libros, más
libres'. Porque a más cultura, mayor libertad.
La lectura de la buena literatura, en crisis
Que
la lectura ha entrado en crisis es algo que nadie pone en duda. “Se
admite como un hecho probado -escribía Camilo José Cela el 29 de marzo
de 1993, en el polémico artículo “El hábito de la lectura”,
publicado en el diario ABC- el que la gente, no sólo en España sino en
el mundo entero, lee menos cada día que pasa y, cuando lo hace, lo hace
mal y sin demasiado deleite ni aprovechamiento”. Porque, en efecto, lo
que está en crisis es la identidad del lector, ya que, además de
leerse cada día menos, se lee cada vez peor: sin ese aprovechamiento
que permite al lector de los buenos libros “conversar con los mejores
hombres de los siglos pasados”; y sin ese deleite -que implica el
amor por la lectura- capaz de conmutar las horas aburridas por otras que
excitan el placer del ánimo. ¡Y no será porque en España no existen, a
precios asequibles, buenas ediciones de buena literatura!, puntualiza
Cela.
Frente a los que se acercan a la lectura desde posiciones pragmáticas
-en busca de satisfacer necesidades materiales-; y frente a los que buscan
en la lectura un simple entretenimiento que no exige el menor esfuerzo -así,
el tiempo gastado en leer periódicos- o que merma la capacidad racional
-como es el caso de quienes se embebecen con cómics sin el menor
valor artístico, ya sea plástico o lingüístico-; Pedro Salinas traza
el perfil del auténtico lector: “Se define al lector -escribe
Salinas en el epígrafe 'Leedores y lectores', del ensayo 'Defensa de la
lectura', incluido en El defensor- simplicísimamente: el que lee
por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por
ganas de estarse con él horas y horas, lo mismo que se quedaría con la
amada; por recreo de pasarse las tardes sintiendo correr, acompasados, los
versos del libro, y las ondas del río en cuya margen se recuesta. Ningún
ánimo, en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia material,
ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la social escala,
nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo”.
Este es el reto que parece que, indirectamente, nos
propone Pedro Salinas a los docentes: formar buenos lectores en una
sociedad que, cada vez más, da la espalda a la lectura; lograr que los
adolescentes lean por el puro placer espiritual de leer, y que no exijan
de tal actividad “nada que esté más allá del libro mismo y de su
mundo”. Y el único camino para lograr este acercamiento a la lectura por
el puro gusto de leer es el de garantizar una cabal comprensión de lo
que se lee, evitando posar los ojos ante una colección de “signos sin
significancia”, donde nada tendría sentido -por emplear la acertada
expresión de Salinas-. A partir de aquí, y soslayando el riesgo de
“leer por los sentidos, pero sin sentido”, ya es relativamente
sencillo disfrutar de lo que se lee y, en nuestro caso, propiciar un
acercamiento de los alumnos a los textos literarios (cfr.: Pedro Salinas,
epígrafe “Signos sin significancia”; ibídem). Este tránsito
de la comprensión de un texto, pasando por su análisis y comentario, al
deleite estético -o, dicho de otro modo, de la “habilidad lectora” al
“placer” de la Literatura- debe ser cuidadosamente conducido por los
docentes, quienes en último término somos los mediadores entre los
alumnos y los textos literarios, y los encargados de ir desarrollando en
cada uno de ellos la necesaria -y personal- conciencia de lector -cfr.:
Pedro Salinas, epígrafe “Educar para leer y leer para educar”; ibídem).
Finalidades de la
lectura de textos literarios
A
través del acercamiento a los textos literarios, los docentes hemos de
procurar que nuestros alumnos vayan adquiriendo el hábito de la lectura
reflexiva, desarrollando la capacidad crítica y descubriendo los múltiples
valores estéticos que la Literatura encierra. Por ello se les deben
proporcionar textos literarios con indiscutibles valores recreativos, artísticos
y formativos, que permitan el enriquecimiento de sus vivencias personales,
la estimulación de su sensibilidad y, en definitiva, el fomento de
actitudes favorables hacia la lectura que, sin duda, habrán de contribuir
a su formación integral como personas. Porque, en efecto, el mundo de la
Literatura no puede quedar al margen de una educación integral que
persiga el aprender a ser, potenciando los aspectos intelectuales,
afectivos, físicos y espirituales de la persona; porque,
parafraseando a Robert Hugues, la lectura es uno de los caminos más
contundentes para que la juventud llegue a ser libre, piense por sí misma
y organice su presente y futuro a su imagen y semejanza.
E insistimos en que somos precisamente los docentes
quienes debemos ofrecer a nuestros alumnos textos rigurosamente
seleccionados, que reúnan ese mínimo de calidades lingüísticas y
literarias que los hagan aptos para favorecer un dominio cada vez mayor
del idioma por parte de los alumnos y un progresivo desarrollo de sus
capacidades estéticas. Y llegados a este punto, recurrimos, de nuevo, al
testimonio de Pedro Salinas: dado el poco tiempo de que disponen los
alumnos para dedicarlo a la lectura, es preciso pronunciarse “en favor
de los pocos libros bien leídos, y en contra de los muchos leídos
malamente” (cfr.: epígrafe “Educar para leer y leer para educar”; ibídem).
Es, pues, innegable que la lectura colabora poderosamente en ese proceso
de aprender a ser uno mismo, objetivo último de toda educación
que convierte la dignidad de la persona en su razón de ser. En este
sentido, la lectura placentera de buenos libros está llamada a
convertirse en el mejor aliado para contribuir a ese desarrollo global y
armónico de la persona, potenciando sus capacidades cognitivas, el
sentido estético, la capacidad crítica y creativa e, incluso, la dimensión
espiritual y trascendente.
Criterios para la selección de textos
La
elección de los textos que deben servir para despertar el interés de los
alumnos por la Literatura reviste capital importancia; y en dicha elección
deben pesar, al menos, los tres criterios siguientes:
·
Adecuación de los textos al nivel
de maduración intelectual de los alumnos a quienes van dirigidos.
Los textos en ningún caso pondrán serias limitaciones a las
posibilidades reales de comprensión y expresión de los alumnos, por lo
que el léxico, el tipo de sintaxis y los recursos literarios empleados
facilitarán la cabal inteligibilidad de dichos textos. De esta manera, la
ausencia de dificultades lingüísticas permitirá a todo tipo de lectores
-en especial a los de menor preparación intelectual- trascender los puros
signos -convertidos, así, en “signos con significancia”-, y
favorecer, por tanto, el paso a los significados, única forma de percibir
el sentido de los textos y de alcanzar su comprensión global. Porque,
ciertamente, un texto puede poseer una altísima calidad literaria y
resultar del todo inadecuado para ser entendido y valorado por lectores
“inmaduros”; tanto más inadecuado cuanto más difícil sea el estilo
exhibido por su autor, en especial si la complejidad del léxico, la
presencia continua de complicados enlaces sintácticos propios de la
subordinación, o la abundancia de originales recursos estilísticos
obstaculizan la comprensión del sentido global de dicho texto. Aquí
radica, a nuestro entender, una de las causas del rechazo, demasiado
generalizado, que la literatura medieval o la del Siglo de Oro provoca en
los alumnos de la Educación Secundaria Obligatoria; alumnos que deben
afrontar, en tercer curso y con 14 años recién cumplidos, la lectura de
fragmentos de La Celestina, de poemas místicos de san Juan de la Cruz, de
sonetos culteranos y conceptistas...
·
Extensión de los textos ajustada a
la “capacidad
lectora”
de los destinatarios. La extensión de los
textos estará en relación directa con la “habilidad lectora” de los
destinatarios de los mismos; pero, en cualquier caso, dicha extensión
habrá de ser lo suficientemente adecuada como para no producir en los
lectores aquella fatiga que les llevaría a perder el interés por lo que
están leyendo.
·
Enriquecimiento,
a través de los textos, del conocimiento que los lectores tienen
de la realidad exterior y de sí mismos. La lectura colabora
eficazmente en ese proceso de aprender a ser uno mismo que, en definitiva,
constituye el objetivo último de la educación. Y porque educar
trasciende la simple transmisión de conocimientos, la lectura de buenos
libros está llamada a convertirse en el mejor aliado para contribuir al
desarrollo global y armónico de la persona, potenciando sus capacidades
cognitivas, el sentido estético, la capacidad crítica e, incluso, la
dimensión espiritual y trascendente. En definitiva, la lectura ayuda a
que el alumno despliegue todo su potencial intelectual y afectivo y a que
aprenda a ser él mismo. "Cada vez que nos asomamos a un libro
-escribe Juan Manuel De Prada-, escapamos de un mundo aturdido por la
banalidad y el vértigo para lanzarnos a la conquista de otro mundo más
verdadero y postular una realidad enaltecedora. La peculiaridad de estas
conquista consiste en que no se trata de un mero ejercicio de evasión,
pues -como muy bien entendió Proust- la lectura deja libre la conciencia
para la introspección reflexiva. Al leer no nos limitamos a absorber
contenidos, a estimular nuestras dotes imaginativas o a mejorar nuestras
habilidades verbales; por el contrario, regresamos a nuestro mundo
aturdido por la banalidad y el vértigo con una cosecha de iluminaciones
que irradian su influjo sobre la realidad y nos enseñan a ser
mejores." (Cfr.: 'Vindicación del libro'; artículo publicado en el
diario ABC, precisamente el Domingo de Ramos del año 2000).
·
Desarrollo paulatino, por medio de
los textos, de la sensibilidad de los lectores, con objeto de despertar en
ellos un progresivo interés por los valores estéticos.
Las obras y textos que ponemos a disposición de nuestros alumnos no solo
han de servir para mejorar sus niveles de comprensión y expresión, sino
que a través de ellos hemos de pretender ir conformando su sensibilidad y
apreciación estética; y así, poco a poco, serán ellos mismos quienes
vayan desarrollando esa conciencia de lector que les llevará, por propia
iniciativa, a entrar en contacto con los mejores maestros de la lectura:
los buenos libros que habrán de acompañarles a lo largo de su periplo
vital. A fin de cuentas, no se puede concebir a un hombre libre desposeído
de libros; porque -como puntualiza De Prada- 'sería tanto como imaginarlo
desposeído de alma, extraviado en los pasadizos lóbregos de un mundo que
no comprende.” (Ibídem). Estamos convencidos, pues, de que la
lectura de la buena Literatura contribuye decisivamente a que los alumnos
aprendan a ser ellos mismos -sin duda el más difícil de enseñar de
todos los contenidos-; y, a través del disfrute de los valores culturales
y estéticos, a que lleguen a ser más libres y, por tanto, más justos y
solidarios.
En definitiva, los docentes, por medio de las obras y textos que
ponemos a disposición de nuestros alumnos, hemos de pretender no sólo
que mejoren sus niveles de comprensión y de expresión, sino que vayan
desarrollando esa conciencia de lector que, estimulando el gusto
personal, les lleve, por propia iniciativa, a entrar en contacto con los
mejores maestros de la lectura: los buenos libros que habrán de
acompañarles a lo largo de su periplo vital.
El camino hacia la Literatura: En busca de lectores
Cada
vez es más frecuente escuchar a los profesores de Educación Secundaria
quejarse del poco interés que sus alumnos demuestran por la lectura.
Aquellas obras fundamentales de nuestra historia literaria -que en tiempos
no muy lejanos formaban parte del acervo cultural de cualquier adolescente
que aspiraba a ingresar en la Universidad- resultan hoy desconocidas para
demasiados alumnos; y este desconocimiento frena el desarrollo armónico
de su personalidad, ya que el mundo de la Literatura -insistimos una vez más-
no puede quedar al margen de una educación integral que persiga el aprender
a ser, potenciando los aspectos intelectuales, afectivos, físicos y
espirituales de la persona.
Son muchos los alumnos de Educación Secundaria que, a pesar de los
esfuerzos de sus profesores por despertar en ellos el sentido de la
apreciación estética que el acercamiento a cualquier texto literario
lleva aparejado, rechazan de plano la lectura de la poesía épica
medieval, de las Églogas de Garcilaso de la Vega, de algunas comedias de
Lope de Vega, de los grandes poemas de Luis de Góngora...; obras
cuya lectura -y estudio en su contexto histórico- contemplan,
ciertamente, los currículos oficiales de Lengua Castellana y Literatura.
El desinterés de muchos alumnos por la Literatura -y no solo por la
medieval o la del Siglo de Oro, sino por la recogida en los currículos
normativos, sea de la época que fuere- ha llevado a ciertos profesores a
buscar en la literatura juvenil actual un revulsivo que pueda despertar la
afición por la lectura. Pero esta actitud no es compartida por otros
profesores, que consideran este tipo de lectura como un simple
divertimento, sin trascendencia alguna en la formación cultural básica
de los alumnos, y que se limitan a exigir -no sin cierta razón- el
conocimiento de la literatura que el currículo oficial preceptúa, para
garantizar, así, ese mínimo nivel cultural con el que se debe abandonar
la escolarización obligatoria.
Una posición ecléctica, por la cual abogamos, combinaría la lectura de
las grandes obras de autores consagrados de la -llamémosla así-
literatura intemporal -lectura guiada por el docente, para asegurar una
comprensión más satisfactoria- con obras propias de la literatura
juvenil actual, capaces -por su temática y lenguaje- de intensificar el
placer de leer y de implicar al lector en dichas obras. De esta
forma, la lectura juvenil actual, más que un fin en sí misma, se
convertiría en un medio para acceder al conocimiento y disfrute de esa
“otra” literatura que cualquier persona medianamente instruida debería
saber apreciar.
La literatura juvenil en el aula
La
relación de autores actuales -españoles- empeñados en “acercar” a
los adolescentes el “hecho literario” -y que escriben pensando en
ellos, y abordan en sus obras problemas que son propios de la juventud-
sería interminable. Eludimos, pues, por innecesario, citar aquí más de
medio centenar de nombres de reconocidos escritores con abundante
bibliografía para jóvenes, cuya presencia es habitual en los centros
docentes, y que imparten charlas que permiten adentrarse en sus obras,
previamente leídas por los alumnos, introduciéndoles, así, en en el difícil
arte de la creación literaria, y despertando en ellos un innegable interés
por la lectura y por cuanto ella conlleva. La forma de hacer literatura de
estos escritores no desmerece de otra cualquiera digna de tal nombre, y ha
ayudado a lograr, en cierta manera, fomentar el hábito de la lectura
entre determinados jóvenes, que rechazan cualquier otro tipo de
literatura.
No obstante, y si queremos convertir la lectura en
uno de los pilares básicos de la Educación Secundaria, es necesario
recuperar para el aula a los grandes “clásicos de la literatura
juvenil”: Verne, Stevenson, Conrad, Dumas, Salgari, Charles Dickens, Óscar
Wilde, Marc Twain, Rudyar Kipling, Henryk Sienkiewicz, Alexandre Dumas...;
y así un largo etcétera de autores que están llamados -si se
recuperan de forma efectiva- a convertir el placer de leer en una
constante en la formación de los alumnos que todavía no han accedido a
la Universidad o a los Ciclos Formativos de Grado Superior.
Estamos convencidos de que la lectura de las obras de estos autores
permitirá a quienes tengan la suerte de disfrutarlas, antes o después,
compartir estas ideas de José Luis Sampedro, extraídas de su obra Valor
de la palabra: “La palabra fomenta nuestra imaginación: leyendo
inventamos lo que no vemos, nos hacemos creadores <...> Hace cinco
siglos la imprenta nos libró de la ignorancia llevando a todos el saber y
las ideas <...> El libro, que enseña y conmueve, es además ahora
el mensajero de nuestra voz y la defensa para pensar en libertad”.
La intervención directa del docente
La
lectura de la buena Literatura, además de estimular el goce estético,
contribuye activamente al proceso de socialización de los alumnos, con
vistas a su futura participación activa en la vida adulta como ciudadanos
comprometidos con una cultura de la paz. Aprender a convivir es,
precisamente, la mejor forma de garantizar esa “paz social”, que
implica la aceptación de los otros -por diferentes que sean-, la
manifestación de comportamientos -y no solo de actitudes- tolerantes y
solidarios, y el esfuerzo por poner lo mejor de uno mismo al servicio de
los demás y en beneficio del bien común; y, en esta línea, puede
inscribirse la necesidad de recuperar para el aula la lectura de aquellas
obras que, perteneciendo ya a lo que podríamos llamar literatura
intemporal -sea o no la que los currículos oficiales preceptúan-,
colaboran en la formación no ya de una sensibilidad estética, sino también
-y acaso sobre todo- de una conciencia moral y en el desarrollo de unas
actitudes profundamente humanas.
Por otra parte, es evidente que no se puede disfrutar adecuadamente
de una obra sin entenderla: la estética culterana o la surrealista, por
ejemplo, nos han legado textos de extraordinaria belleza, cuyas
dificultades de interpretación han puesto a prueba a los más exigentes
críticos literarios; sin embargo, el entendimiento cabal de un texto hace
que pueda disfrutarse con mayor intensidad, al trascender el simple
conocimiento del mismo. Y, para ello, es necesario evitar lagunas
significativas por desconocimiento de los vocablos; penetrar en el
contexto histórico de dicho texto, profundizando en las relaciones entre
Literatura y Sociedad; y afrontar su referente estético en el ámbito de
la tradición literaria. Y estas son tareas que incumben al profesor,
responsable último -no nos cansaremos de repetirlo- de ayudar al alumno a
desbrozar cuantas dificultades pueda encontrar en la interpretación de un
texto, de forma tal que, al comprender lo que lee desde una perspectiva
racional, pueda llegar a valorarlo desde una perspectiva anímica.
La lectura de una obra cualquiera de nuestra tradición literaria -tanto más
si se trata de una obra clásica- exigirá, por tanto, del docente cuanto
menos una triple tarea: allanar continuamente cuantas dificultades léxicas
pudieran entorpecer la cabal comprensión del texto -y, en este sentido,
tales dificultades léxicas serán cuidadosamente abordadas y resueltas
con claridad y la necesaria capacidad didáctica-; referirse de manera
permanente a las relaciones entre Literatura y Sociedad, para soslayar, así,
la presencia de “problemas de interpretación” que pudieran derivarse
del desconocimiento del contexto histórico-social y cultural en que la
obra está inserta; y, vincular dicha obra con las corrientes estéticas
en que se inscribe, evitando así que el general desconocimiento de la
tradición literaria y de las tendencias estéticas se interponga entre la
obra y el lector. Y, de esta forma, el docente irá acomodándose a la
“idiosincrasia lectora” de cada uno de sus alumnos y, poco a poco,
logrará que sean ellos mismos quienes se acerquen a las obras literarias
en función de su formación cultural, escala de valores, gusto y
aficiones...; y que el hábito lector se convierta en un valor añadido en
el desarrollo armónico de su personalidad.
El papel del sector editorial
Cada
vez es mayor el número de editoriales que publican textos literarios -de
narrativa, poesía o teatro- dirigidos expresamente a lectores juveniles,
con todas las peculiaridades que una edición de este tipo comporta: ediciones
escolares pensadas para ser usadas en el aula, capaces de
orientar la comprensión de este tipo de textos y, por tanto, de despertar
en los jóvenes el goce estético. Persiguen tales ediciones estimular en
ellos la necesidad y el placer de la lectura; y, por lo tanto, intentan
allanar la innegable complejidad que dichos textos encierran y que podría
hacerlos herméticos para la capacidad lectora de muchos de ellos. Y es
que no siempre resulta fácil acercar las obras de esos grandes autores
que forman ya parte de nuestra tradición cultural -como puedan ser las de
los escritores del Novecentismo o las de los poetas de la Generación del
27, pongamos por caso- a jóvenes adolescentes, entre otras razones,
porque tales autores no pretendieron poner sus obras precisamente en manos
de lectores poco experimentados en el “arte de la lectura”; lo cual no
es en modo alguno incompatible con el hecho de que hayan podido componer,
ocasionalmente, textos que, por su simplicidad técnica y contenido, hayan
hecho las delicias de los más jóvenes.
Por lo tanto, los jóvenes escolarizados ya no pueden
refugiarse, para disculpar su desinterés por la lectura, en la existencia
de ediciones realizadas sin un riguroso análisis de los textos
seleccionados o sin una cuidadosa reflexión previa sobre la naturaleza y
estructura de tales textos. Antes por el contrario, el mundo editorial es
el primer interesado en ayudar a que los jóvenes escolarizados lean -y a
que lean precisamente la mejor Literatura, con mayúscula-; y, en modo
alguno puede responsabilizarse de la posible aversión ante la belleza del
lenguaje por parte de ese minoritario grupo de jóvenes que aborrecen
cualquier manifestación literaria, escrita o no. Por lo general, el
posible rechazo de obras tenidas como “clásicas” por parte de ese
sector del alumnado al que acabamos de aludir ha podido venir motivado por
dificultades de comprensión de unos textos literarios que exigen ese esfuerzo
lector sin el cual no es posible un mínimo desarrollo de las
capacidades comunicativas. A este respecto escribía J. J. Armas Marcelo
en el artículo “De la lectura”, publicado en el diario ABC el 18 de
mayo de 1996: “La moda es ignorar que la lectura es una acción única,
solitaria, demorada y reflexiva, que nadie debe compartir con nada ni
nadie, que no admite medias tintas, y cuya exigencia fundamental es una
exclusividad de doble vertiente. La lectura es exclusiva y excluyente,
requiere olvidarnos de la tendencia al mínimo esfuerzo, nos obliga a
robarle el tiempo a otras acciones y exige una dedicación hipnótica que
nos conmueve tanto que la lectura de ese libro precisamente se vuelve
angustia cuando estamos ya acabando de leerlo. Porque, ¿encontraremos
otro hallazgo semejante, otro libro parecido al que leemos en ese momento,
cuando hayamos terminado de leer su última página?”
Muchos de los que, como docentes, estamos, además, inmersos en el mundo
editorial, venimos defendiendo que la Literatura considerada como “clásica”
-con independencia del contexto histórico-social en que se haya
producido- debe seguir ocupando un lugar primordial en la formación de
los adolescentes y, muy en particular, de los escolarizados en la Educación
Secundaria, tal y como propugna la legislación vigente. Porque en una
etapa decisiva para la conformación de la personalidad, “lo clásico”
-verdadero sostén de la civilización occidental y, por tanto, de nuestra
propia identidad- es un referente fundamental para enriquecer el acervo
cultural y desarrollar la sensibilidad artística. Es, pues, necesario
“recuperar” -seguir recuperando, entre todos- el prestigio de “lo clásico”
-dentro y fuera del aula-, en aras de una educación integral más eficaz,
tanto desde un punto de vista intelectual como estético y, por tanto,
profundamente humano. Y es, igualmente, necesario seguir publicando libros
de “literatura clásica”, dirigidos a lectores juveniles; libros que
aborden cualquier género literario de cualquier época, en selecciones
antológicas o bien en textos íntegros, siempre elegidos en razón de su
sencillez, amenidad y proximidad a la sensibilidad de un lector actual; y
en ediciones preparadas expresamente por profesores de Educación
Secundaria con probada experiencia de aula, y conocedores, por tanto, de
la idiosincrasia de los lectores a quienes están destinadas.
No quisiéramos concluir sin reconocer aquí, por tanto, ese
esfuerzo editorial -sin subvenciones institucionales- que viene apostando
por “la juventud de lo clásico” y que nos proporciona a docentes y
discentes ediciones de literatura clásica, pensadas para ser usadas en el
aula -insistimos: y fuera de ella-, y capaces de orientar la comprensión
de este tipo de textos y, por tanto, de despertar en los jóvenes el goce
estético. Y a los docentes nos corresponde elegir libremente los mejores
materiales bibliográficos disponibles en el mercado para poner en manos
de nuestros alumnos las ediciones que requieren su nivel de desarrollo
intelectual y preparación académica, conscientes de que siempre existe
ese libro que aún está por descubrir por un potencial lector y que, sin
duda, culminará todas sus aspiraciones emocionales, intelectuales y estéticas.
COMUNIDAD ESCOLAR, nº 782, febrero de 2006