OPINIONES DE AYER
NO HAY ÉTICA SIN POLÍTICA
La relación entre Pedagogía y Política, en mayúscula para distanciarse
de la inmediatez y sus devaluaciones, es uno de los temas recurrentes de la reflexión educativa de todos los tiempos. Por lo menos de ese pensamiento fuerte
y crítico que no acepta las banalidades administrativas como teorías, ni las anémicas
recetas didactistas como salvoconductos para una práctica rutinaria y ausente.
Bastará con referirse a Platón y su República, o a Dewey y su Democracia
y Educación, acerca de cuya vigencia sólo se extrañarían quienes los
ojearon para pasar un examen.
Viene a cuento esta reflexión en una coyuntura en la que la
política está alcanzando cotas de degradación y de perversión realmente
inimaginables hace un par de décadas. Támbién la
pedagogía, ahora en minúsculas, ha perdido su potencia de proyecto ideológico
y cultural común y se está convirtiendo en una ceremonia tecnocrática de la
confusión y el engaño. No es casual que sea precisamente ahora cuando aparecen
los vendedores de ética a prescribir a los docentes cómo educar. Justamente
ahora, cuando la ética común brilla por su ausencia en la vida política, va a
ser en la escuela donde habrá que impartir lecciones de ética, aunque sea
embozada de laica transversalidad. No habrá que pensar mucho: se trata de una
ética para escolares, un neocatecismo del bien y el mal metido con el calzador
del progresismo en unos sobrecargados contenidos curriculares, llaves en mano y
listo para su transmisión obligatoria.
Para quienes conocen y viven cada día, año tras año, la soledad del docente
comprometido, enfrentado a una realidad escolar abrumadora, a mil leguas de la
retórica oficial, esta ética de bolsillo les suena a una operación de cirugía
estética. Cuando los gobiernos no saben cómo resolver los problemas —o no
quieren hacerlo—, les queda el recurso de pedirle a la escuela, a los «esforzados
e importantísimos docentes», que les saquen las castañas del fuego. Así, si
no se quieren transformar las relaciones económicas y sociales para hacerlas más
justas, bastará con hacer de la escuela el lugar en el que se debe hacer
justicia, donde se verifica la igualdad y donde se aprende la fraternidad.
Demasiado para la escuela y para un único responsable: el educador. Lo que no
se puede hacer desde el ágora de la gran comunidad, el lugar de la política,
no debe delegarse sin más en la pequeña comunidad que es una escuela,
atosigada por la burocracia administrativa, en un barrio determinado y con unos
recursos reales limitados y precarios. Nada que oponer a una ética coherente
con el clima político. Pero cuando se desmiente a cada instante lo que se
afirma retóricamente, cuando se pide a los educadores que vendan una ética que
no se practica desde arriba, es mejor volver la espalda y seguir educando: es
decir, haciendo calladamente una ética muda, esa que se hace desde el ejemplo
personal. La ética es una conducta, y eso lo saben los maestros y maestras
desde siempre, porque finalmente eso es educar. A una ética sin política le
casa mejor otro verbo: adoctrinar.
CUADERNOS
DE PEDAGOGÍA nº 228, septiembre de 1994