OPINIONES DE AYER
FÁBULA
AMARGA PARA DULCES NAVIDADES
Había una vez un país en el que existía el niño, crecía y tenía un
lugar en el mundo. Pero llegó el tiempo en que todos los niños se
transformaron en alumnos. Y ya no habitó el niño entre nosotros... Así
comienza la fábula (1) que vamos a contar.
Expulsados del territorio de los
humanos, se les inventó un nuevo espacio, la escuela. Allí conocerían con
gozo los secretos del árbol de la ciencia, distinguirían el bien del mal; allí
se harían hombres cultos y prudentes. Así se les dijo
Durante largos años, ese alumno es
el aplicado obrero de una fábrica cuya materia prima es él mismo, y cuyo
producto estándar es el "buen
alumno":
aquel que se asemeja al ideal que los mayores tengan de sí mismos.
Asi aprender pronto se convirtió en imitar vagas sombras proyectadas en
la caverna. Es un juego simple y eficaz. Hay que obtener un escolar
satisfactorio. ¿Para la satisfacción de quién? De quienes fijan los criterios
del rendimiento escolar satisfactorio... El circulo se cierra en una elipsis
portentosa.
Desde temprana edad empieza el árido
juego de la competitividad, la sumisión y la alienación que instalan el
no-deseo. Hay que ser como los mayores, madurando
"in vitro".
Durante años y años se crece en el rico y estimulante medio de un aula
—igual a todas las aulas— y en perpetua relación con unos adultos que
tampoco habitan el mundo real; algunos tratan de cumplir honestamente una
profesión que les es secuestrada y amordazada, tan lejana a la que alguna vez
imaginaron; otros se han endurecido, aman su posición y su salario y ya no oyen
más que su propia voz dictando siempre la misma lección.
En el país de esta fábula son millones los niños y niñas que trabajan
de alumnos, recorriendo cada día en soledad este itinerario. Hay también, en
el trayecto, al borde de la institución, en el recreo o en los pasillos de
nadie, el lado luminoso, la sonrisa fugaz: los amigos, los juegos y un sutil
entramado de signos y claves secretas, dulcemente desafiantes.
Se quiere conseguir una educación integral que busca el desarrollo
personal de los alumnos. Para ello, son amorosamente vigilados, observados,
apoyados, motivados, animados, estimulados, compensados y reanimados. Son
objetivamente controladas, examinados, evaluados, ordenados, comparados,
fichados, aprobados, suspendidos. Unos siguen el ritmo normal, satisfactorio;
otros se van retrasando y acumulan plomo en los pies.
Hay quienes enferman de alguna de
las mil enfermedades escolares, que no son más que modos de pedir ayuda; unos
se amoldan como pueden al ritual y corren hacia las metas que les señalan,
llenando su cabeza de lo que sea; otros huyen hacia la vida presentida y acaban
en la periferia de la institución, tutelados y encerrados. Y hasta los hay
—¡válgame
Dios!— que se suicidan. Son imponderables, minorías insignificantes. Doctores
tiene la Iglesia que, científicamente, clasifican, etiquetan y redistribuyen a
tales sujetos. Los llaman, objetivamente hablando, débiles, inseguros,
inestables, difíciles, límite, problema, en riesgo, inquietos, hiperactivos,
superemotivos, inadaptados o, sencillamente, fracasados.
Es
una versión médica del clásico y entrañable tonto. No hay, pues, por qué ~
alarmarse: se puede humanizar un poco la cosa y modernizar otro tanto las
Mientras, los alumnos se van
haciendo mayores al calor de la escuela. Todos, tanto los que alcancen el patético
éxito escolar, como aquellos que interioricen el fracaso como suyo propio,
todos ellos, absolutamente todos, llegan tarde a la única cita que valía la
pena: la que tenían consigo mismos
______.
(1) Esta fabulilla, ciertamente amarga, es, como el género impone, mera ficción alegórica de un país imaginario, inexistente, imposible. Tanto es así que, por no tener, no tiene ni moraleja.
Cuadernos
para el Diálogo, editorial, nº 143 diciembre 1996