OPINIONES DE AYER

Una frase que, aquí y en otros lugares, se repite hasta la saciedad, es la de que el profesorado es la pieza clave de toda reforma educativa. Se deriva de ahí la necesidad de su formación permanente, de su constante actualización y reconversión profesionales. El acuerda es general en este punto, pero no suele pasar de aquí.

¿ Qué significa hoy formar al profesorado para más allá del horizonte del año dos mil?; ¿en qué aspectos debe reciclarse?; ¿qué prioridades se establecen y quién se ocupa de definirlas y realizarlas?; ¿en qué período, lectivo o no, se lleva a cabo esa formación?... La complejidad de las respuestas a estos o similares interrogantes es cada día mayor. Porque los contenidos, las estrategias de aprendizaje, los agentes educativos y los materiales escolares crecen y se modifican a un ritmo vertiginoso.

Una situación similar conduce a la tendencia de ofertar propuestas de reciclaje sin tan ni son, en las que priman más la improvisación ylos intereses particulares, la obtención de éxitos a corto plaza o la acumulación de méritos personales, que las exigencias ineludibles que resultan de una planificación rigurosa. Se trata, pues, de aunar los legítimos intereses personales de los profesores con los no menos legítimos del conjunto de la población y de los niños en especial.

Todos conocemos la persistencia de maestras que siguen enseñando las mismas cosas absurdas y con indénticos métodos obsoletos que padecimos nosotros cuando éramos alumnos. La libertad de enseñanza tiene su límite cuando atenta contra la calidad de la misma. Si el gobierno de turno quiere emprender una reforma educativa estableciendo un currículum básico para todos los alumnos, inspirándose en nuevos postulados psicopedagógicos, es obvio que está en su pleno derecho, o que es incluso su deber. Pero ello le obliga, no menos, a planificar los recursos humanos, técnicos y económicos que garanticen al profesorado una mínima cuota de reciclaje que le permita, respetando la libertad docente y la diversidad escolar, empezar a cambiar mínimamente las escuelas. Lo demás puede ser demagogia.

¿Por dónde comenzar? Desde principios de los setenta la administración educativa inició el discurso de la formación permanente, y hay iniciativas distintas en ese terreno. Existe por lo tanto, más aún si contamos con el capital de otros países, cierta experiencia desde la que elegir o rechazar planteamientos de formación permanente del profesorado. En este sentido conviene reflexionar sobre la bondad y flexibilidad del modelo de formación que incide, de forma continua, sobre el claustro, el centro y la comunidad educativa en su conjunto.

Se dice que toda reforma educativa debe adaptarse a las necesidades del entorno con la finalidad de incidir en su mejora y transformación. Es éste, por lo tanto, uno de los aspectos básicos a dilucidar en el tema de la reforma: la alternancia y la articulación entre la formación individual y la colectiva. No se trata de elegir disyuntivamente entre profesores particulares y centros docen- tes, sino de priorizar criterios de formación social y pro fesionalmente útiles.

En este sentido las responsabilidades son del Estado, pero en gran medida también de los movimientos de renovación pedagógica y otras instancias de base. Sin monopolios ni bizantinismos inútiles.

La formación permanente deberá, pues, realizarse a través de formas diversas, tomar vías y estrategias adecuadas a cada circunstancia y generar actuaciones enriquecedoras al conjunto de profesores. Ellos agradecerán, a buen seguro, esa concordancia entre Estado y sociedad civil. ~sa es una vta imprescindible para alcanzar esa escuela adaptada a las necesidades de los alumnos de la que todos se reclaman también sin excepciones.  

 

CUADERNOS DE`PEDAGOGÍA, octubre de 1987, nº 152