La escuela en la Roma Imperial

VICENT CARBONELL CAMPS

Professor Secundária. Gavà, Barcelona

En la Roma de los emperadores la enseñan­za también estaba dividida en grados o etapas como sucede hoy en día con la Educación Infantil, Educación Primaria, Eduación Secundaria y Bachillerato. Había la Educación Primária (de los siete a los doce años, más o menos) con el litterator que enseñaba a leer y escribir (en latín y en griego), contar, pesar, medir y calcular. Luego se pasaba a estudiar gramática (de los doce a los dieciséis años) con el grammaticus que enseñaba gramática y a conocer las obras literarias. Finalmente se estudiaba retórica (de los dieciséis a los dieciocho años) con el rhetor; éste enseñaba el arte de hablar bien en público y a expresarse correctamente en escritos de diverso tipo.

Los hijos de las familias poderosas, podían continuar estudiando materias como filosofía, aritmética, geometría, música o astronomía en centros especializados del saber como Atenas, Berito (Beirut), Antioquía, Massalia (Marsella) o el centro de la cultura por excelencia que era Alejandría (Egipto).

En la antigua Roma no existía una administración que se hiciese cargo de todos los aspectos de la educación, como sucede hoy en día con el Ministerio de Educación y Ciencia. No por ello se descuidaba de llevar a los hijos a la escuela, sabían lo importante que era saber leer y escribir para poder defenderse cuando fuesen mayores. En épocas de recogida de cosechas y trabajos agrícolas la asistencia a clase se relajaba.

Primero los padres enseñaban a sus hijos a contar, leer y escribir. Más adelante cuando se generaliza llevar los niños a las escuelas se colocará a éstos bajo la responsabilidad de un maestro que tendrá la autoridad delegada del padre.

Las familias ricas dejaban los primeros años de vida de sus hijos bajo el cuidado de dos esclavos, la educatrix y el pedagogus. Marco Fabio Quintillano (maestro del siglo 1 d.C.) aconsejaba escoger bien a estos sirvientes pues era importante para los primeros años de vida del niño adquirir unos buenos hábitos. Algunos padres además podían contratar a un profesor particular para sus hijos que les enseñase en la misma casa. Para escoger a este preceptor se entrevistaba a los candidatos y se hacían averiguaciones sobre su vida. Una vez escogido el candidato se volvía a entrevistar para estipular servicios y honorarios.

Cuando el niño era enviado a la escuela, el pedagogo tenía la función de llevarlo a-la escuela y devolverlo a casa. A veces podía estar con su prótegido en las clases, repasar la lección con él en casa. Otras funciones del pedagogo eran acompañar al niño en visitas sociales o salutatio, ir a las termas (baños públicos) con el chico o acompañarlo al teatro. Cuando el niño llegaba a los dieciséis años se veía libre de la figura del pedagogo. Algunos pedagogos al final de todos estos años, por su labor, obtenían la libertad.

El trabajo del litterator estaba mal visto, por el contrario la faena de los gramáticos y los reto­res gozaba de más prestigio. El escritor Luciano (siglo III) presentaba la faena de litterator como un castigo en el Hades (infierno). Generalmente el litterator era una persona libre o esclava, su sueldo era bajo, unos ocho ases que se cobraba los idus (mediados) de cada mes. Del yacimiento arqueológico de Pompeya se sabe que con ocho ases se podía comprar queso y vino para unos pocos días. Al maestro le hacía falta un gran número de alumnos para poder vivir. Diógenes Laercio (filósofo del siglo III) explica en un escrito que en algunas escuelas había más estatuas en las paredes que alumnos en la clase.

El litterator si disponía de muchos alumnos y se lo podía permitir, tenía un ayudante llamado hypodidascalus, que generalmente se sentaba al lado del maestro en una banqueta con un cojín.

El gramático y el retor además de gozar de mayor prestigio, tenían un sueldo más elevado y gozaban de inmunidades fiscales (desde época del emperador Vespasiano, segunda mitad del siglo 1 d.C.), porque su enseñanza era apreciada y considera­da un beneficio para la comunidad.

  San Agustín explica que en Roma para no pagar a un maestro todos los alumnos se ponían de acuerdo y se pasaban a otro maestro. La única manera de cobrar que tenía el maestro era llevar a los padres ante el tribunal de la ciudad.

Cada ocho días, el día del mercado o mundinae no se realizaba clase. Tampoco no había clase en las festividades de los Saturnalia (del 17 al 23 de diciembre), los Quinquatrus (del 19 al 23 de marzo) y durante la época de verano hasta los idus (quince) de octubre.

El ludud litterarius era la escuela del litterator y la schola era la escuela del gramático o del retor. Estas escuelas se podían encontrar en los pórticos del foro (centro de la vida pública dedicado a la política, las leyes, los negocios y la religión), en tabernae o tiendas acondicionadas para dar clase, o en la propia casa del maestro, o en galerías descubiertas. o incluso la escuela podía estar en el centro de la calle. Como las calles eran generalmente estrechas se ocupaban el cruce de tres o cuatro calles. Era un lugar ruidoso pues allí se encontraban alborotadores, comerciantes, vagabundos, echadores de suerte, músicos ambulantes...

      Las escuelas estaban abiertas desde buena mañana hasta el mediodía. Se aislaban del exterior de la calle por unas lonas, per aún así no podían evitar que los ruidos de la calle se colasen. El poeta Marcial (siglo 1 d.C.) se queja de los ruidos ensordecedores de Roma, desde el martillazo de los caldereros hasta el griterío de los alumnos de las escuelas7. San Agustín también se quejará de los chillidos de los alumnos al repetir las lecciones.

Las escuelas estaban amuebladas de forma simple con una silla para el maestro, unos bancos o taburetes para los alumnos, un encerado, una repisa y varios ábacos (aparato usado en operaciones aritméticas bási­cas). En algunas escuelas se podía encontrar algunas estatuas de literatos famosos. Juvenal (escritor del siglo 1 d.C.) explica en una de sus sátiras que la clase empezaba muy temprano y para ber se usaban lucernas (lámparas de aceite), el hollín que éstas desprendían se pegaba a las estatuas que había en clase.

Los materiales que se usaban en clase eran los siguientes: las tabullae cerae, el stilus y los rollos de papiro. Las tabullae cerae o tablillas eran de madera y tenían una fina capa de cera, a veces se ennegrecía para ver mejor lo escrito. Se escribía con el stilus o punzón, éste podía ser de madera, hueso, bronce o marfil. En la parte anterior tenía una punta para mar­car en la cera y la parte posterior era redondeada para borrar y aplanar la cera, y así volver a escribir en la tablilla.

A veces, cuando los alumnos se distraían raspaban cera de la tablilla con el stilus y hacían muñequitos de   cera

Los libros estaban formados por rollos de papiros. Cada rollo se enrrollaba en una barilla de madera. Para no desgarrar el papiro al abrirlo, pues éste podía ser muy largo (varios metros), se abría por partes abriendo el rollo con la mano derecha y enrollando la parte leída con la mano izquierda. Para facilitar esto, la escritura estaba colocada en columnas.

Como un libro podía estar formado por varios rollos, todos estos se guardaban en una capsa o cofre.

 

BIBLIOGRAFIA

• BONNER, S.F. La educación en la Roma antigua. Edito­rial Herder, Barcelona, 1984.

• BOWEN, J., Historia de la edítcación Occidental. Edito­rial Herder, Barcelona, 1990. Vol. 1. El mundo antiguo.

• CARCOPINO, J. La vida cotidiana en Roma en el apo­geo del Imperio. Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1994.

• ETIENNE, R. La vida cotidiana en Pompeya. Ediciones Temas de Hoy. Madrid, 1995.

• GALINO, M.A. Historia de la educación, Edades Anti­gua y Media. Editorial Gredos, Madrid, 1988.

 

Revista EDUCARE, nº 10, junio 1999.- Tel. 973.269.271