OPINIONES
El
entorno
Cuando los argumentos pedagógicos se
generalizan por decreto, o sin convicción, es fácil que devengan en modas
superficiales. Aquello que es un buen hallazgo para un maestro y sus alumnos
concretos, puede ser un artificio inoportuno para sus vecinos de aula. Un
recurso didáctico tanto sirve para la oportuna adquisición de un concepto como
para entorpecerla. En educación, como en tantas otras esferas, es conveniente
una cierta dosis de relativismo. Aunque, es cierto también que esa prudencia
metodológica ha conducido a entronizar el viejo y desacreditado particularismo
de aquel lema de «cada maestrillo tiene su librillo».
Parece que no es tarea fácil escapar a esa
inercia pendular que da por bueno lo último como sustitución de lo penúltimo.
Esconde un cómodo progresismo que antepone lo aparente al esfuerzo serio para
transformar lo real. Parece como si el mecanismo económico de la sustitución
por la moda, merodee también en la ciudadela pedagógica, atacando
especialmente sus defensas teóricas, tan ajenas a la vida real de los
extramuros escolares.
Sin proceder a forzar demasiado las variables
sociológicas, se podría hacer una reconstrucción de los cambios que han
quedado sólo en mera cuestión semántica, sin afectar para nada las prácticas
profundas de nuestro sistema educativo, con sólo inventariar las modas
escolares y sus disfraces, esas palabras o expresiones que las sintetizan.
Por poner un ejemplo próximo, y aún a riesgo
de esquematizar, tomemos el caso de «el entorno». La fuerte penetración del
discurso ambientalista, de la mano de la justa idea de la interacción niño-entorno,
absolutamente certera como principio general, comienza a dar señales de una
abusiva parodización a medida que se generaliza por prescripción administrativa.
No tratamos de hacer una reserva elitista, que asimile divulgación a perdida
de calidad original, sino de constatar la preocupante ausencia de reflexión.
Existe, en efecto, una tendencia a la aplicación auto-satisfecha de la receta
pedagógica, más allá de las deficiencias obvias de formación o de la escasez
de los recursos disponibles.
A través de la evocación del "entorno"
se pueden vertebrar experiencias escolares rigurosas, exigentes y atractivas
para el alumno, de las que se deriven la adquisición de conocimientos, de
actitudes y valores. Pero es moneda corriente, también, que en nombre del «medio
ambiente» se perpreten las mayores superficialidades, se esconda la dejación
profesional y se ejerza la ley del mínimo esfuerzo: todo está en la interacción...
A través de la advocación del «entorno», se
imparte cualquier compendio doctrinal sobre hipotéticas identidades colectivas,
se define sectaria-mente qué es próximo y qué es lejano, qué es y no es
entorno, o se vende un muestrario de falsas interdisciplinariedades. O, lo que
es aún más imperceptible, se usan como exorcismo para reintroducir un
neoclasismo escolar por la via «natural» de la inevitable jerarquia social
de los entornos, de tal modo que cada clase social tiene el medio que se
merece...
Una vez más de lo que se trata ahora, sin mayores alarmismos pero con seriedad, es de reflexionar qué se hace en la escuela, por qué y cómo se quiere hacer, y también qué nos exige esa claridad de objetivos. Sin tal autoexigencia, fácil es que todo quede en apuntarse a la última moda, esperando su rápida sustitución por otra nueva bibliografía u otra práctica escolar lista para aplicar.
Editorial
de CUADERNOS DE PEDAGGOGÍA, nº 157, marzo de 1988