OPINIONES

DE RANAS Y OCÉANOS

Parece que en estos últimos años el oficio de la docencia, tan desconcertado y perplejo como otros, se ha volcado en la celebración de encuentros, congresos, simposios, cursos y cursillos de mayor o menor enjundia o calidad, que de todo hay. Es naturalmente un buen signo e/ que una profesión —o un oficio que aspira a ser socialmente reconocido como tal— busque sus momentos de reflexión, intercambio y alternativa.
No hay avance profesional sin interrogación crítica, modelos de referencia teóricos y un marco ético propia Pero esas buenas intenciones quedan reducidas, en ocasiones, a una epidemia de
congresitis.
Ha sucedido en otras profesiones que tales encuentros, más allá de la declaración de principios, se han convertido en defensa de intereses corporativos, excusa para sumar cómodamente esos puntos que mejoren el valor mercantil del currícu/um, ocasión propicia para el turismo a cargo del erario público, ágora para lucimientos persona/es y motivo para exhibición de las pequeñas ambiciones y rencillas académicas y/o políticas.
No es frecuente en el ámbito de la educación, pero es un riesgo que empieza a ser realidad ya. Y es preocupante que eso suceda en una profesión que exige, por antonomasia, una mirada globali
zadora y crítica, especia/mente sobre sí misma y sus circunstancias. Bien están los encuentros parciales, de especialistas o por áreas o materias curriculares; son muy indicados para hacer avanzar reflexiones imprescindibles. Pero aquí p/anea también otro riesgo: el de la atomización de parcelas, trozos y minifundios que olviden el marco global en el que cobran sentido tales saberes. De modo que proliferan
especialistas que saben mucho de una cosa pero nada del contexto en el que su presunto saber tendría —o no— un sentido y una utilidad práctica. Se fomenta así una legión de tecnócratas educativos, una clase profesional en ascenso que escapa del aula y que se con tonea bajo el peso de sus muchos títulos y méritos, pero que andan ligeros de otro equipaje, desprovistos de las mínimas preocupaciones que se originan en la práctica docente real, en e/ pensamiento autónomo y, en última instancia, en el sentido común.
Esa ideología tecnocrática es especialmente maligna en la educación, puesto que se atreve con todas las
temáticas educativas desde la escalofriante seguridad de su ciencia, a menudo un manual de bolsillo cosido con cuatro citas, tres axiomas, una tesina y algunas ideas ajenas, pocas pero confusas.
Lo grave es que conllevan conductas y actuaciones profesionales perversas y contraproducentes precisamente por esa ausencia de metarreflexión global, por la imposibilidad de trascender sus límites, puesto que los ignoran o los confunden con las fronteras de la verdad. De ahí nacen las pobres categorizaciones del ser humano y las reduccionistas propuestas para su humanización, es decir del alumno y de su educabilidad.
Algún sabio, probablemente chino, nos dejó un proverbio, que cuadra bien para ese género de expertos: «Una rana nunca podrá comprender el concepto de océano».
Bienvenidos sean los encuentros, congresos y demás concelebraciones. Pero procuremos que sus aportaciones, necesariamente parciales y especializadas, no vayan contra la urgencia de vertebrar una visión profesional
y social de conjunto acerca de la educación hoy. Que la pequeñez de la charca no impida imaginar, al menos, la inmensidad del océano.  

Editorial de Cuadernos de Pedagogía nº 215, junio de 1993