NACE UNO DE LOS DICCIONARIOS MÁS ESPERADOS
José
Claudio Escribano
Enviado especial de La
Nación,
de Buenos Aires.
El destino, generoso en este caso, ha dispuesto que los argentinos hablen
español, una lengua compartida en el mundo por 350 millones de hombres y
mujeres y que se proyecta como el instrumento de comunicación escrito y oral de
mayor significación en el siglo XXI después del inglés.
¿Han comprendido los argentinos el privilegio que
comporta hablar y escribir con carácter de lengua propia aquella que más crece
en términos proporcionales en la enseñanza bilingüe en escuelas y
universidades de Europa y de los Estados Unidos y que comienza a interesar en
Asia? ¿Han reflexionado sobre lo que esto pesa como instrumento de penetración
cultural, social, económica, política y estratégica en el planeta y que
disfruta, por añadidura, de una homogeneidad desconocida en otros idiomas?
La Real Academia Española y las veintiuna instituciones homólogas que velan
por la salud de la primera lengua romance del mundo viven días de excitación.
En la Real Academia Española, la casa fundada en 1713 por el marqués de
Villena, éste es un fin de semana aplicado a las discusiones finales sobre el
contenido de lo que en los borradores se conoce aún como primer Diccionario
Panhispánico de Dudas. Si todavía no hay decisión definitiva sobre su nombre,
es porque también sobre él se duda. La aprobación final se hará la semana próxima
en San Millán de la Cogolla, sitio de los primeros vestigios del castellano. El
diccionario irá a imprenta el año próximo. La versión electrónica estará
en cualquier momento a disposición para las consultas.
Lo que se discute en estas horas con intervención de periodistas
hispanohablantes -en general llegados de América- es el tramo final de la
elaboración de una obra cuya fuerza deviene de haber sido consensuada entre los
maestros de la lengua de España, de diecinueve países latinoamericanos y de
Guinea Ecuatorial, integrantes todos del universo que ha iluminado Cervantes
desde hace cuatrocientos años. En el camino ha quedado Filipinas, en la que el
español -a pesar de una academia nacional que lo defiende- se ha ido confinando
a la fidelidad de antiguas familias, mientras que la mayoría sólo emplea el
inglés y el tagalo. Ha sido un fenómeno único en la suerte del inconmovible
legado de España en tantas partes. Comenzó con lentitud su retirada a partir
de la ruptura de 1898; la aceleró después de la Segunda Guerra Mundial por la
fuerza incontrastable del inglés.
Estamos en los prolegómenos de un hecho histórico, por su importancia, y
democrático, tanto por la amplitud de las discusiones que lo han precedido como
por el espíritu de las academias de no rechazar, no anatematizar, no excomulgar
a quienes se aferren a las particularidades propias de cada región en la que se
habla el español. Así de simple, lo que aquí ha primado ha sido la voluntad
de que el nuevo diccionario sirva para orientar a las gentes en la delicada
tarea de usar y preservar el español.
Las dudas registradas son alrededor de 7000; la mitad proviene de América y el
resto es común a todas las sociedades hispanohablantes. Abarcan porcompleto
todos los aspectos del idioma: normas de acentuación gráfica, el uso de mayúsculas
y minúsculas, concordancias, géneros, cuestiones fonográficas, morfológicas,
semánticas, toponímicas y gentilicias y, por si fuera poco, extranjerismos.
Pocas lenguas como el español están más cuestionadas desde dentro, pero pocas
se manifiestan, sin embargo, con una unidad tan llamativa como ella. Hay
alemanes que se asombran de la ortografía utilizada por connacionales dentro de
la estrechez geográfica del país común. Un neozelandés puede tener
dificultades para conversar en inglés con un texano. Un miembro de la Casa Real
de Gran Bretaña ha hecho notar que la primera lengua del mundo "es el inglés
mal hablado", lo que es decir bastante.
Pero no se sabe de casos en que los diversos dialectos de la lengua gestada en
Castilla se levanten como muros de separación insalvable entre
hispanohablantes. Un porteño puede comunicarse con facilidad en español con un
campesino de Ecuador; un minero chileno, con un andaluz.
Los signos de mayor preocupación sobre la unidad del idioma provienen, de
manera paradójica, de los Estados Unidos, del ámbito geográfico que tonifica,
como ningún otro, las esperanzas de un futuro excepcional para la expansión
del español. Más de 40 millones de hispanohablantes, constituidos ahora en la
primera minoría norteamericana y en la comunidad de mayor crecimiento
vegetativo en los Estados Unidos, ven fortalecida su gravitación política y
social, y contribuyen a la divulgación y al estudio del idioma.
Las publicaciones en español se multiplican como hongos en territorio
norteamericano, incluso en lugares como Kentucky, con escasa población de
hispanohablantes. La mala noticia es que los principales síntomas de perversión
del español vienen, según observábamos, de los Estados Unidos.
"Ahora subo para arriba", dice alguien, queriendo decir "I´ll go
up". "Deja, ahora bajo para abajo", contesta otro, queriendo
decir "I´ll go down".
Picasso se permitía advertir que la sujeción a las normas anulaba por definición
la capacidad creativa. Era Picasso. Sólo un temerario podría haber entrado en
discusiones de esa naturaleza con un genio de la pintura. Tampoco es
recomendable enfrentarse con un escritor de la dimensión gigantesca de Gabriel
García Márquez cuando propone aplicarle un puntapié colectivo al trasero del
sistema de puntuación y ortografía del español. Pero convengamos, como bien
se ha dicho aquí, que para tener derecho a romper las reglas por lo menos debe
demostrarse que se las conoce. ¿Quién hubiera osado enseñarle pintura a
Picasso? ¿Quién lo que es una buena prosa a un Premio Nobel como el gran
escritor colombiano?
Allá ellos de haberse equivocado. Camilo José Cela, otro Premio Nobel de
Literatura, se despachó un buen día con "Cristo versus Arizona",
libro sin otro punto que el punto final. Así probó en carne propia que la
voluntad de llamar la atención no es garantía de que se va a lograr calidad ni
tampoco éxito.
Son tantas las transgresiones al español de los hispanohablantes residentes en
los Estados Unidos, que Ilan Stavans, profesor mexicano de una de las
universidades del Este, ha dado pasos en dirección de articular todo un
dialecto "Spanglish". Se arriesgó a verificarlo con una peculiar
traducción de "El Quijote", cuya apertura, recitada con religiosidad
por generaciones de lectores, dice, como todos saben: "En un lugar de la
Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme"
¿Qué hubiera exclamado el criterioso Sancho de haberse encontrado con la
sorprendente versión de Stavan: "En un placete de la Mancha, cuyo nombre
no puedo remembrar?" El diccionario de dudas de la Real Academia Española
será más descriptivo que normativo. Señalará las alternativas que se abren
en casos de incertidumbre en el uso de la lengua y se limitará a imputar como
incorrecciones nada más que lo que atente contra el sistema de la lengua.
Nunca podría admitirse -ejemplificó para que lo entendiera un chico de primer
grado el presidente de la Academia de México, José Moreno de Alba- que el
sustantivo preceda al artículo: "Libro el", en vez de algo tan
indudable como "El libro".
Son 7000 las dudas, pero que nadie se asuste porque un reciente relevamiento
mundial realizado por la Real Academia Española ha documentado que la unidad
del español rige en el 98,8 por ciento de la suma de cuestiones suscitadas por
el uso de la lengua; las divergencias por especificidades regionales ocupan
apenas el 1,2 por ciento. Saberlo es de interés manifiesto para los argentinos,
ciudadanos del país cuya geografía ocupa uno de los extremos del mundo.