OPINIONES
Decía
Manuel Rivas en un reciente y espléndido artículo que éste será un país muy
interesante el día en que el médico de cabecera escriba en la receta: “Tómese
por la mañana un poema, unas hojas de enciclopedia durante el día y, por la
noche, cinco o seis capítulos de novela o uno de ensayo”. Muchas recetas serán
necesarias para que el hábito lector cunda en la sociedad y la lectura se
convierta en la más preciada compañía. Algunos datos —un 30%
o más de la población no lee
nunca— y algunas evidencias —¡e1 alumnado lee tan poco!— invitan al
desaliento. E1 problema viene de lejos, pues en
Ahora
se dispara de nuevo la señal de alarma. Y no es para menos, ya que la lectura
constituye la llave de acceso al conocimiento y el fuego
que lo aviva continuamente. Sin duda, se trata de la primera y más sólida
experiencia formativa, una suerte de que nos permite ensanchar y agudizar la
mirada hacia el mundo hacia nosotros mismos. La lectura desarrolla nuestra
intelectual y, al mismo tiempo, penetra en lo más hondo de nuestra sensibilidad
afectiva. Pero para ello hace falta entrenamiento y curiosidad o, lo que es lo
mismo, dominio de unos determinados mecanismos y habilidades y un deseo y amor
por los libros que supere la mera ejecución de unas rutinas lectoras más o
menos impuestas y que se prolongue más allá de la escolaridad. Por eso el hábito
lector puede y debe adquirirse en cualquier tiempo y espacio coti-diano y
escolar y también dentro de las distintas áreas del currículo. Porque la
lectoescritura es la auténtica transversal, el saber más poderoso, puesto que
nos permite familiarizarnos con los demás saberes, sean humanísticos, científicos
o tecnológicos.
Para
que este viaje resulte viable y efectivo se precisan medidas imaginativas,
comprometidas y de cierto calado. Una tiene que ver con la promoción del libro
y la lectura, algo que compete a los pode-res públicos y que, por el momento,
se traduce en una promesa de la ministra de Educación y Cultura de crear un
programa nacional de lectura del que aún no se conocen detalles ni
concreciones. La otra afecta más directamente al ámbito escolar, y consiste en
la mayor potenciación del hábito lector y en la creación de bibliotecas de
aula y de centro bien dotadas y con diversidad de materiales y fuentes de
información, para contrarrestar la omnipresencia del libro de texto. También
resulta imprescindible la colaboración activa de la familia para hacer de la
lectura una vivencia cotidiana sostenida y placentera.
Por
el contrario, hay medidas que, visto lo sucedido en otros países, no parece que
vayan a favorecer el impulso y la buena salud del libro. Nos referimos al
decreto-ley de liberalización de los descuentos en el precio de los libros de
texto, que en breve puede extenderse a todo el sector. La desaparición del
precio fijo es una puerta abierta a la protección del best-seller y al incremento del “libro basura”, así como a la
desprotección de la poesía, el ensayo y en general la buena literatura, que,
sin duda, verá aumentar sus precios. Y el fomento de la lectura requiere también
diversidad y apoyo a las aventuras culturales minoritarias y más arriesgadas.
Cuadernos de Pedagogía, nº 295, octubre de
2000
Jaume Carbonell Sebarroja, director