PEDAGOGOS ILUSTRES
El texto que sigue se publicó
originalmente en Perspectivas: revista trimestral de educación comparada (París,
UNESCO: Oficina Internacional de Educación), vol. XXIII, nos 1-2, 1993, págs.
395-423.
©UNESCO: Oficina Internacional de
Educación, 1999
ADOLPHE FERRIÈRE (1879-1960)
Por Daniel Hameline1
Entre las personalidades que
gozaron de una indudable proyección internacional en el periodo de entre las dos
guerras mundiales, Adolphe Ferrière es ciertamente una de las que más ha sufrido
de las “injurias del tiempo”. El olvido en que ha caído su obra no es, por lo
demás, la peor de esas “injurias”. Cuando se menciona el nombre de Ferrière, en
el contexto casual de una cita o una alusión, se observa con frecuencia que los
rasgos de esta “figura” que sobreviven en la memoria de la gente son más
denigratorios que apologéticos.
La primera imagen de Ferrière que nos viene a la memoria es positiva y simpática:
la del celebrado e infatigable propagandista de una idea generosa de la infancia
activa. Pero este elogio, según quien lo escriba, tiene algo de vejatorio
también: el que se celebra es el honrado militante idealista, el apóstol
abnegado, más apto para la ensoñación lírica que para el pensamiento riguroso.
La segunda imagen es más claramente negativa, y persiste aún en nuestros días.
Según esta imagen, Ferrière fue el arquetipo del psicopedagogo “espiritualista”
(bajo una capa externa de modernismo), o sea, reaccionario y limitado.
Sabemos bien con qué virulencia, en los años 60, sociólogos o pedagogos de
inspiración principalmente marxista pusieron en la picota la psicología o la
psicopedagogía de la Escuela activa. Se denunciaba en ella el enmascaramiento
pseudo-científico de la ideología pequeño-burguesa, elitista e individualista.
Ferrière fue uno de los blancos preferidos de esta crítica (véanse, p.e.,
Charlot, 1976; Vial,1990).
Esta doble imagen de “apóstol” y “reaccionario” no hace justicia a la realidad
de la obra de Ferrière, y aún menos a su verdad humana. Ahora bien, la lectura
de su Petit Journal (43 tomos, 1918-1960), y una reconsideración de su empresa y
sus obras, nos permitirán ver a un personaje que aún nos toca de cerca, a través
de sus mismas contradicciones.
Vemos pues en Ferrière un hombre a la vez frágil y seguro de sí, vanidoso hasta
hacernos sonreír y generoso hasta provocar la admiración. El mismo se calificaba
de “introvertido por necesidad”, ya que a los 20 años una sordera total lo había
aislado del mundo siendo así que, “extravertido por temperamento”, se sentía una
legítima vocación de hombre público. Deseoso sinceramente de dedicarse en
prioridad a la práctica educativa, tuvo que renunciar a esta “vocación” por
causa de su impedimento y, contra su voluntad, hacerse “pedagogo”. Hombre de
convicciones desinteresadas, la necesidad de garantizar su subsistencia le
condena a las funciones de plumífero mercenario de la “nueva educación”. Sin
duda comparte muchos prejuicios de su medio social, pero al propio tiempo sus
escritos políticos revelan un observador sagaz y objetivo del periodo de entre
guerras. Este “liberal” elitista y defensor de las jerarquías sociales publica
una profesión de fe “socialista” en 1919; es partidario del “plan” y propugna un
resurgimiento económico dirigido por el Estado, pero que no sacrifique el poder
adquisitivo de las masas. Este polemista exaltado es un hombre del término medio,
que aboga por la reconciliación “de la ciencia y el sentido común”. Este
hombre patético es un humorista.
Mirándolo bien, Ferrière es realmente un “inclasificable”. Y esto es lo que le
hace tan entrañable, más allá de la imagen tradicional que se ha dado de él.
LAS EMPRESAS DE ADOLPHE
FERRIERE
En Mon grand journal2, con fecha
del 23 de enero de 1944, Ferrière divide su vida intelectual en cinco decenios,
cada uno de ellos dominado por una disciplina diferente: “Entre 1900 y 1910 viví
en la metafísica. De 1910 a 1920, viví en la psicología. De 1920 a 1930 fue la
pedagogía la que ocupó el lugar preferente. De 1930 a 1940, la sociología. Y
heme aquí, desde 1940, metido hasta el cuello, hasta el alma, hasta el espíritu
en la filosofía”. No hace falta insistir en el carácter arbitrario de semejante
división decenal. No obstante, el cotejo entre esta reconstitución y la
cronología establecida por Gerber (1989) permite extraer una enseñanza
inmediata.
Esta enseñanza modifica la idea que se tiene comúnmente de la relación entre
este “gran pedagogo” y la pedagogía. Si bien Ferrière reconoce que ésta ha
ocupado “un lugar preferente” en su vida, lo limita a un periodo breve y
concreto: 1920-1930. A partir de este último año fueron otras las cosas que le
interesaron. Esta afirmación, que arroja una luz distinta sobre la imagen
habitual de nuestro autor, corresponde a la idea que Ferrière se hacía de sí
mismo. Y no parece muy alejada de la realidad.
A Ferrière, pensador y hombre de acción, siempre le repugnó el calificativo de
“pedagogo”, que le parecía raquítico y trivial. En 1924 reivindicaba ásperamente
(La Pratique de l'école active, p. 39) no haber “leído una sola obra teórica de
pedagogía”, y en 1931 (L'école sur mesure à la mesure du maître, p. 155)
afirmaba ser “ignorante de las teoríaspedagógicas”.3
En realidad, Ferrière rechazaba la
calificación de “pedagogo” por dos razones. La primera es que desde su juventud
pensó que el lugar que le correspondía estaba en el debate político, económico y
social europeo. Y en efecto, muy pronto intervino en él. De 1918 a 1923 se
encargó de la dirección del periódico cristiano-social L'Essor, y hasta su
retirada del debate público, en 1953, continuó su obra de editorialista político
que, por la cantidad de publicaciones, es tan importante como su obra
pedagógica. Para Ferrière, el interés por la educación no era más que una faceta
de su acción de ciudadano libre.
Por lo demás -y aquí es donde su “perfil de educador” cobra tintes de
originalidad no desprovistos de patetismo- Ferrière elogió constantemente la
intuición del hombre de acción y afirmó haber sido siempre un “practicante”
(véase Hameline, 1982). Cuando su impedimento físico le obligó a renunciar a las
responsabilidades de la práctica directa con los niños, consideraba sus
actividades de publicista como una prolongación de su “vocación” de educador.
Sólo será “pedagogo” por la imposibilidad de hacer otra cosa. No puede
comprenderse a Ferrière sin tener presente en todo momento la terrible
desventaja que constituye su sordera precoz. El que pudiera llevar, en estas
condiciones, una vida social tan intensa fue una hazaña excepcional.
El hombre que hubiera anhelado ser educador no cabe duda de que, si su
“dureza de oído” no le hubiera marginado, la primera empresa de Ferrière habría
sido llevar a la práctica el Projet d'école nouvelle, cuyo folleto-programa
publicó en 1909. Gerber (1982) analiza la aparición de esta “vocación”
educativa. La lectura del Journal reconstitué4 y de la correspondencia de
juventud de Ferrière con sus padres, el mejor conocimiento del medio familiar y
social, permiten determinar tres hechos: Ferrière prolongó de adulto su
actividad precoz de “líder”; su perfil “individualista” es típico del innovador
pedagógico; su juventud transcurrió en el seno de una familia de la alta
burguesía filantrópica de Ginebra, para la cual la Escuela Nueva era un
horizonte “natural”.
ELOGIO DEL LÍDER
Ante todo, el Journal reconstitué
sitúa en 1893 los inicios del papel de líder que el Ferrière adolescente
desempeña en la “tribu” familiar y después, de joven, en la sociedad juvenil
ginebrina que frecuenta.
Detengámonos un poco en este punto. Ferrière destacó siempre el componente
“psicológico” de su inclinación a ocuparse de los niños y los adolescentes. Al
tiempo que se considera “educador de profesión”, se presenta como “psicólogo de
la infancia” (L'Education dans la famille, 1921; véase 1935, pág. 3). En su
balance íntimo de 1953 (Un destin en marge des autres, pág. 13) insiste
retroactivamente en esta “curiosidad” de psicólogo. Curiosidad que Ferrière
parece haber sentido desde muy pronto con respecto a los fenómenos de grupo. El
“pedagogo” y el “politólogo” se unen aquí al “psicólogo”: por estos tres
conceptos podemos considerar a Ferrière un continuador de Gustave Le Bon, el
primer intérprete de la psicología de las masas (1985). Así, en su obra de 1921
L'autonomie des écoliers –que presenta (pág. 68) como un “estudio de psicología
social”– Ferrière concluye un capítulo sobre las bandas de niños reproduciendo
los pasajes esenciales de un documento que le remitió un educador que fue, en su
adolescencia, líder de algunas de ellas. (pág. 57).
Ahora bien, si comparamos este relato con las dos notas biográficas dedicadas a
Ferrière y escritas bajo su supervisión (Peeters, 1911; Meyhoffer y Gunning,
1929) nos daremos cuenta de que es su propia experiencia la que nuestro autor
narra atribuyéndola a un anónimo; la misma banda de familiares, la misma
creación de un “club alpino” y después de una sociedad literaria en la que
representa sus propias piezas de teatro. Ni siquiera el estilo puede engañarnos.
¿Modestia? ¿Habilidad? Ambas cosas, sin duda. El procedimiento permite a
Ferrière narrar su vida en tercera persona, sin correr el riesgo de que se le
reproche un excesivo narcisismo. Lo que ocurre, sin embargo, es que al propio
tiempo el Ferrière “psicólogo social” desea hacer un retrato del “líder” que el
educador no puede recomendar del todo. Porque, ¿qué tipo de líder ensalza? El
autócrata, capaz de alentar las rivalidades en su grupo a fin de imponerse
mejor; el “manipulador” “que dispensa a los otros del esfuerzo al tiempo que les
deja la ilusión de que el éxito es debido a sus esfuerzos”, haciéndose así
indispensable; el pequeño Maquiavelo que reconoce haber inducido al grupo a
elegir otro presidente para que desearan que volviera él a la presidencia (pág.
61).
Así pues, el joven líder que revelan estas páginas resulta ser un “psicólogo”
perspicaz que convierte en virtud el arte de manejar a los demás. Este verdadero
fragmento de antología es una de las primeras manifestaciones de una literatura
psico-gestionaria sobre la psicología del jefe, que florecerá en los años 20. El
Ferrière educador extraerá de ella una psico-moral de la dirección de grupos de
niños por adultos: hay que dejar que los niños vayan de la anarquía al orden (es
decir, conducirlos), haciéndoles que deseen este último. Las limitaciones que
impone la ausencia de orden serán más determinantes para conducir a la autonomía
que la organización prematura y autoritaria del grupo por parte de los
educadores.
La importancia que el autor de L'autonomie des écoliers concede a este relato,
del que él mismo es protagonista, muestra hasta qué punto Ferrière consideraba
esta experiencia de juventud como un primer ensayo de su capacidad de observar y
manejar a sus semejantes. Y elresultado le parece, obviamente, convincente.
UN “INDIVIDUAL” NO
CONFORMISTA
En segundo lugar, Ferrière
confiesa en 1911 a su primer biógrafo, E. Peeters, que “sufrió enormemente en la
escuela”. El balance de 1953 empeora aún más el recuerdo: “la escuela estuvo a
punto de matarme”. El argumento es clásico, banal incluso, entre los defensores
de la nueva educación. Sin embargo, en su evocación íntima de estos años
escolares Ferrière no muestra tanto rencor a los docentes ni a su manera de dar
los cursos, salvo cuando se queja del muro que levantó entre ellos y él su
sordera, que iba agravándose inexorablemente. En cambio, se muestra más severo
respecto de sus compañeros de clase. No es sólo la sordera lo que le aísla, sino
también su voluntad, bastante altanera, de no respetar las convenciones acatadas
por las “familias que cuentan en la ciudad”, y que encuentra de nuevo en sus
relaciones con sus camaradas de escuela: Ferrière es un caso típico de vocación
de educador renovador, a su manera un no conformista.5 Al tiempo que se muestra
“servicial y sociable”, como escribe en su autobiografía clandestina de 1921,
actúa como un individualista, o más exactamente como un “individual” que no
pertenece a ningún grupo o camarilla.
Ahora bien, una característica común de los fundadores de escuelas nuevas
rurales que proponen una ruptura con el orden escolar existente6 es precisamente
la de ser personalidades fuertes y carismáticas. La historia de las escuelas
nuevas abunda en colaboraciones tempestuosas y rupturas entre personalidades muy
contrastadas. Ferrière, a pesar de su sordera, fue para muchos un hombre de
diálogo, en el fondo deseoso de “escuchar” y ayudar a su prójimo. Pero esta
disponibilidad anímica no es incompatible con la conciencia de la propia valía.
Este rasgo tan personal se manifiesta en el Projet d'école nouvelle de 1909.
Ferrière tiene treinta años y se presenta como un hombre de iniciativa, seguro
de lo bien fundado de su empresa y de las orientaciones que adopta, deseoso de
dejar huella en la educación. No obstante, este proyecto refleja al mismo tiempo
su adhesión a los ideales comunes de las Escuelas Nuevas rurales. Según su
fórmula, quiere que se le reconozca como “un pionero entre los pioneros” (1924,
págs. 36 y 37).
LAS ESCUELAS NUEVAS EN EL
HORIZONTE FAMILIAR
Y es que, en efecto –y es un
tercer dato para entender su “vocación”– Ferrière tiene un contacto precoz con
las Escuelas Nuevas rurales, cuyos inicios se remontan a 1889 con la creación de
la New School de Abbotsholme por Cecil Reddie. Pero Adolphe no es el primer
Ferrière que descubre las Escuelas Nuevas. Su contacto con ellas se efectúa por
intermedio de su familia. Así, dos de sus primos hermanos trabajan en escuelas
nuevas desde 1899, uno en la Landerziehungsheim de Ilsenburg, en Alemania, que
dirige Hermann Lietz, y el otro en la New School de Bedales, Inglaterra, cuyo
director es J.H. Badley, antiguo colaborador de Cecil Reddie en Abbotsholme: dos
escuelas emblemáticas del movimiento. Por otra parte su tío, el pastor Louis
Ferrière publica un estudio sobre ellas. Ferrière data de 18997 la visita que
efectuó, en compañía de su padre, a Edmond Demolins en la “Ecole des Roches” de
Verneuil-sur-Avre, en Francia. Ha leído ya el bestseller del sociólogo francés A
quoi tient la supériorité des anglo-saxons (1897) así como L'Education nouvelle,
su manifiesto dirigido a los padres de familia. Como Ferrière recordará en
varias ocasiones, fue Demolins quien, teniendo en cuenta la sordera creciente
del joven, le sugirió una tarea compatible con su impedimento: crear una oficina
internacional de las Escuelas Nuevas. Así podría efectuar una labor de
comparación y evaluación al servicio de los innovadores y también, a más largo
plazo, al servicio de la propia escuela pública. Sin embargo, en aquel entonces
Ferrière no había renunciado a su proyecto de educar y debatió el asunto
extensamente8 con sus padres, por quienes sentía gran veneración9.
LA “PRÁCTICA” EDUCATIVA DE
FERRIÈRE
Con todo, el acontecimiento
principal de su formación fue el periodo que pasó, entre 1900 y 1902, con
Hermann Lietz, que supondría para él una verdadera iluminación10. En un
principio trabaja como “joven maestro voluntario”, dedicando mucho tiempo, a
juzgar por la correspondencia familiar, a organizar y vigilar los estudios de
sus hermanos menores, inscritos en la misma escuela como alumnos. Pero con el
tiempo se gana la confianza de Lietz, se pone de su parte con motivo de una
rebelión del personal docente y durante algunos meses se convierte en el
colaborador directo, asiduo y fascinado de aquel personaje carismático. Grunder
(1987) ha tratado de reconstruir, partiendo de documentos inéditos, la actividad
efectiva de Ferrière durante esta experiencia que él consideró siempre
“exaltante” (hablaba con frecuencia de la “gran vida de Haubinda”) ¿Valora
Ferrière excesivamente, a posteriori, el alcance de aquel breve ejercicio de la
función docente? Los programas y horarios escolares analizados por Grunder
parecen, en todo caso, bastante clásicos. No obstante, Ferrière sitúa allí sus
primeros intentos de enseñanza ocasional basada en los “intereses espontáneos”
de los alumnos (véase 1931, pág. 73), lo que le permite reivindicar la prioridad
sobre “los dos ensayos que vinieron a continuación”, en 1907 y 1908, de la Sra.
Montessori y del Dr. Drecoly, que “gozaron de una difusión mundial”.
Esta insistencia de Ferrière en aparecer como el adelantado de los más grandes
se explica por la elección “estratégica” que deberá hacer, cuando “entre en
pedagogía” en 1921; presentarse como un practicante de la educación, y
diferenciarse así de los que sólo fueron pioneros de la educación nueva en sus
libros. En 1936 (pág. 219), señala también su diferencia con respecto a los
demás profesores del Instituto Jean-Jacques Rousseau (Claparède, Bovet y Piaget):
todos han escrito mucho, dice con un punto de acritud, “pero el único que ha
practicado es el que suscribe”.
Además del periodo fundacional que pasó en 1900-1902 en la escuela de Hermann
Lietz, Ferrière evoca su paso por Glarisseg en 1902, donde colaboró
efectivamente durante tres meses con W. Frei y W. Zuberbuhler, dos ayudantes
suizos de Lietz que fundaron la primera Landerziehungsheim suiza. Asimismo,
menciona sus seis años de colaboración intermitente con la Escuela-hogar de las
Pléïades (1914-1920) (véase Hameline, 1982; Gerber et al. 1990).
LA ESCUELA NUEVA DE BEX
(1920-1921): LA TÉCNICA DE LA ESCUELA ACTIVA
Su año académico en la Escuela
Nueva de Bex (1920-1921) es en realidad un laboratorio de la “práctica de la
escuela activa”: éste será el título de su libro de 1924. Esta obra se redactó a
partir del Journal de notre petite classe, del que se citan largos pasajes y
cuyo manuscrito se encontró posteriormente. Un estudio realizado para el Fondo
Nacional Suizo de Investigación Científica permitió una confrontación sinóptica
de los pasajes publicados y el documento hasta entonces inédito.
Esta comparación confirma con creces el carácter precario, por no decir
mediocre, de la experiencia. Esta precariedad, Ferrière tuvo la honradez de
reconocerla, por propia iniciativa, en su obra, en la que reproduce una página
del Journal: “Empiezo a entender muchas cosas. Todas ellas se resumen en una
frase: no siempre se hace lo que se quiere” (1924, pág. 61). Y comenta más
adelante: “Vine a Bex en busca de esta técnica de la escuela activa y a
confirmar mis convicciones. La técnica, apenas pude empezar a captarla, pero la
experiencia, por incompleta que fuera, no hizo más que fortalecer mis
convicciones” (pág. 82).Comentaremos esta frase más adelante.
La lectura del Journal de notre petite classe revela varios hechos que Ferrière
no hizo públicos. Así por ejemplo, Ferrière sólo seleccionó sus propias notas,
cuando el diario era a tres voces, la suya, la de su esposa Isabel Ferrière y la
de su colaboradora y amiga Elisabeth Huguenin11. El debate de esas tres “plumas”
a lo largo del diario es muy instructivo. Las dos interlocutoras de
Ferrière expresan francamente sus dudas respecto de las convicciones que animan
la acción educativa emprendida: no, escriben, esos alumnos no aprenden por
iniciativa propia; sí, les gustan los ejercicios “escolares” que no parecen
responder a ningún interés “espontáneo”; si estas niñas parecen pasivas o
perdidas ello se debe, sin duda, a que fueron deformadas por su educación
anterior, pero también a que este programa de clase activa es demasiado
ambicioso y complicado, y no captan sus intenciones. Sin duda es el idealismo
del militante lo que impide a Ferrière formular reservas a sus colaboradoras,
menos convencidas que él.
UN CONSEJERO POCO
ESCUCHADO
El último intento de Ferrière de
“practicar” se saldará con una decepción. En 1924 se le pide que participe en la concepción y
creación de una escuela internacional en Ginebra. Pasando rápidamente de la expectativa
reticente a una iniciativa casi impaciente, se lanza a la aventura imponiendo sus criterios al
director previsto, Paul Meyhoffer, que siente un gran afecto por él, incluso ofreciéndose a acoger la
escuela, en un primer tiempo, en un chalet que era propiedad familiar. Se le nombra “director
general” encargado de redactar la carta pedagógica de la escuela: en esta empresa entrevé
la última oportunidad que se le ofrece de poner en práctica sus ideas. Pero el comité fundador
no comparte verdaderamente sus ambiciones innovadoras.
Lo que quieren es una escuela
moderna que inspire confianza a los funcionarios internacionales y adquiera buena
fama, no un laboratorio de pedagogía.
Ferrière adivina sin duda las
resistencias y restricciones mentales de sus interlocutores, pero se compromete sin cubrirse
las espaldas y asume todos los riesgos. Los inicios son trabajosos: Ferrière desea romper
con los programas escolares impuestos y confía en el ingenio de los profesores para
promover la actividad espontánea de los alumnos e inducirles, como trató de hacer él mismo en
Bex, a elaborar su propio programa de trabajo. Pero ni unos ni otros -y los padres aún menos-
están en condiciones de emprender semejante aventura que, además, rompe con los esquemas
aceptados. Ferrière confía sus inquietudes al Journal desde las primeras semanas. En 1925
trata de hacer un experimento de self-government: otro fracaso. En 1926 comprende que
esta escuela no será el laboratorio con el que cuenta para renovar el sistema educativo. Y
aunque seguirá siendo consejero de la Escuela Internacional hasta 1929 aproximadamente, desde
fines de 1926 ya se habrá alejado psicológicamente de ella.
EL HOME “CHEZ NOUS”
Con todo, Ferrière encontrará en
1929 la compensación que busca para sus sueños frustrados de educador. Sigue sintiendo
nostalgia de la escuela-modelo que no ha podido organizar, y de la que esperaba que confirmase sus
teorías. Además, le cuesta mucho consolarse de la imposibilidad, por parte de su
mujer, de darle una familia numerosa que pueda disfrutar educando. Su Journal revela su
dolor de padre enfrentado a un hijo único, entrañable, de personalidad firme, pero difícil.
El refugio pedagógico que busca será el Home “Chez nous”. Escribe en el balance del año
1929: “Necesito estar rodeado de niños. Pues bien, en el Home “Chez nous” he encontrado niños
hambrientos de ternura, un ambiente de frescura, de sinceridad, de ayuda mutua,
directoras que dicen necesitar mi apoyo, que siguen mis consejos en materia de enseñanza y los
seguían ya en materia de educación antes incluso de que se los diera. Me siento at home ...”12 A cambio de esta acogida, Ferrière
se hará propagandista “oficial” del Home, celebrando como una escuela activa
ideal esta modesta institución para niños huérfanos. Se convierte en consejero de la
escuela, ejerce su influencia sobre las directoras y se arroga una función “paternal” con los niños
(le llaman el “tío Adolphe”) cuyos cursos organiza a su aire, interviniendo solícito en el
desarrollo de su educación. Se entrega sin límites al servicio del Home, cuyas dificultades
financieras son endémicas. Las circunstancias hacen que en 1933 vaya a vivir en las cercanías del
orfanato, y se le nombra presidente de la asociación tutelar de la institución, cargo que ocupará
hasta 1947 (véase Coquoz, 1989).
EL PROMOTOR DE IDEAS
Así pues, Ferrière estuvo tentado
de dar de sí mismo la imagen de un practicante experto. En realidad las responsabilidades
directas que desempeñó en el campo de la educación fueron esporádicas y poco satisfactorias
para él. Lo que le faltó no fue la intuición, sino la duración. La primera le hacía percatarse
claramente de las deficiencias del servicio educativo. Pero sólo la segunda le habría permitido
poner a prueba sus convicciones. Con todo, ¿estaba en condiciones de poner en tela de
juicio esas convicciones? Podemos dudarlo, a tenor de la afirmación antes evocada: en Bex,
en 1920-1921, el hombre de convicción que “cree” en la escuela activa se enfrenta al
“técnico” de esta misma escuela, que trata de elaborar procedimientos. Aunque el técnico
no pueda llevar a término su intento, el militante ve confirmada la legitimidad de su
combate. Y es que Ferrière juzgaba la validez de sus convicciones con arreglo a dos
patrones: pensaba haberlas basado en una argumentación “científica” y las creía capaces
de provocar una auténtica transformación de las mentalidades, o incluso una “nueva era”.
El pensador Ferrière se presentaba
como “practicante” por razones de estrategia; había observado que los “teóricos”
suelen tropezar inicialmente con la oposición de los medios docentes, que soportan mal
lecciones que no sean las de la práctica. Pero, en definitiva, Ferrière concedía a la promoción
militante de las ideas un papel decisivo: por ello se hizo propagandista. Era la única
alternativa que le dejaba su sordera.
El “practicante” de Bex es, al
propio tiempo, el polemista de Transformons l'école (1920), obra cuya introducción
“diaboliza” literalmente el sistema educativo tradicional mediante un apólogo mordaz.13 Es
también el orador del Congreso de Calais de 1921, al que eligen vicepresidente de la recién
creada Liga Internacional para la Educación Nueva, “The New Education Fellowship”, y
redactor de Pour l'ere nouvelle (enero de 1922), la versión francesa de la revista de la Liga.
Esta función militante apasionaba a Ferrière. En este decenio de 1920-1930 en el que, según él,
la “pedagogía ocupa un lugar preferente en su vida”, publica millares de páginas. Su
correspondencia es inmensa y confirma el prestigio de que goza. En su Journal habla de la cantidad de
ellas que recibe con orgullo y modestia a la vez. Se ha convertido, efectivamente, en un
hombre público.
CONDENADO A LA NOTORIEDAD
1921 es el año crucial en el cual
Ferrière se ve obligado, en cierto modo, a darse a conocer simplemente para sobrevivir.
Porque en aquel momento ya no es el rentista que podía dedicarse a la educación como
quien se dedica a ocupar útilmente su ocio: Ferrière vive ahora con estrecheces. Casado en 1910,
padre de un niño en 1916, en 1921 su situación económica es poco halagüeña; el incendio de
su chalet en 1918, que destruyó el fruto de 20 años de trabajo, le quebrantó
moralmente.14 Y en 1919, el hundimiento de la moneda en Alemania y Austria le hace perder la fortuna
que había heredado de su madre. Ferrière se ve obligado a ganarse la vida en el momento
mismo en que se da cuenta de que los proyectos de fundar su propia institución no son
realizables. La mediocre experiencia que acaba de tener con las niñas de su “petite classe” en la
Escuela Nueva de Bex, este mismo año 1921, le confirma que su sordera le inhabilita en adelante
para una tarea educativa en contacto directo y permanente con niños.
Cierto es que su actitud respecto
de la fama es ambivalente: la busca, con insistencia a veces virulenta, mediante una
actividad febril de publicista que él mismo compara a la superficialidad de una “mariposa”;
no obstante, es sincero cuando escribe en su Journal de 1922 que su sueño habría sido
“hacerse un agujerito” como el “grillo”, y entregarse a una discreta actividad de educador en
contacto directo con un grupo de niños, que conduciría según su concepción de la Escuela
Nueva. Renunciar a ello representa un verdadero drama interior que le deja con
frecuencia postrado y deprimido. Y helo aquí fingiendo
valerosamente, dejándose atrapar en un torbellino de relaciones públicas, cuando declara en una
carta de 9 de diciembre de 1925 que su sordera hace las relaciones personales “del todo
incómodas, agotadoras, fastidiosas incluso”, y que trata en vano de extraer de su entrega
algunas ventajas lucrativas modestas. Sus quejas son continuas: “Con mi sordera, las
preocupaciones económicas son particularmente atormentadoras”, escribe, ya en 1925.
A partir de 1921, participa muy
activamente en la concepción y organización laboriosa y gradual de la Oficina
Internacional de Educación (OIE), de la que es nombrado director adjunto en su fundación, en 1925,
cargo en el que es confirmado cuando la OIE se convierte en una organización internacional,
en 1929.15 Pero no se hace ilusiones sobre este nombramiento: él mismo ha
renunciado al cargo de “secretario general”, para el que su sordera le inhabilita. En vano
trató de encontrar una “fuente de financiación” en la OIE para su Oficina Internacional de la
Escuela Nueva, de la que es, desde un principio, único y no remunerado funcionario. y este
trabajo gratuito le pesa. Si bien encuentra alguna compensación en el prestigio de
que goza, es demasiado lúcido para dejarse engañar.
A lo largo de los años 20
interviene regularmente en los congresos de la Liga (Montreux 1923, Heidelberg 1925,
Locarno 1927, Elsinor 1929). Pour l'ere nouvelle ocupa una parte considerable de su
tiempo. La considera su revista y le sirve de auténtica tribuna para sus ideas, pero desde el
punto de vista lucrativo los resultados son bastante mediocres.
Su decenio “pedagógico” es también
el de sus viajes al extranjero, durante los cuales multiplica conferencias que son
otros tantos alegatos en favor de la escuela activa o de la psicología genética tal y como él
la concibe: Bélgica y Países Bajos (1924), Francia, Inglaterra, Yugoslavia (1925),
Italia (1926), Francia, Bélgica, Alemania, Italia, Hungría, Rumania, Austria (1928), Alemania,
Checoslovaquia, Polonia (1929), España, Venezuela, Ecuador, Perú, Chile, Argentina,
Paraguay, Portugal (1930). Su verdadera consagración se produce con la misión oficial que
le encargan para evaluar el sistema educativo del distrito de Esmirna en Turquía (1928).
EL PUBLICISTA Y EL PENSADOR
Pero Ferrière necesita también
ocupar el terreno con su propia producción intelectual. MuY pronto empezó a elaborar una vasta
empresa de reflexión, de la cual los escritos sobre educación no son más que una
parte. El mismo data de 1905, y después de 1909, con motivo de su primer curso como
“privat-docent” en la Universidad de Ginebra, sus primeras ideas sobre una “psicología genética”. Sin embargo el ardor militante,
junto con la necesidad de vivir de su pluma, van a arruinar en parte este proyecto
intelectual. El Ferrière pensador deberá ceder el paso al Ferrière publicista. Pero el
pensador y el publicista mantendrán una relación mutua parasitaria.
El primero necesita tiempo para
meditar su obra, el segundo debe ir deprisa, buscar un público... y obtener poco
sustanciosos derechos de autor. Además de centenares de artículos en revistas y diarios de todo
tipo, Ferrière escribe libros destinados al público en general, que tienen mucho éxito y son
traducidos a numerosos idiomas (Transformons l'école, 1920; L'education dans la famille, 1921;
L'activité spontanée chez l'enfant, 1922; La coéducation des sexes, 1926; Le grand coeur
maternel et Pestalozzi, 1927; Trois pionniers de l'education nouvelle, 1928; Nos enfants et
l'avenir du pays, appel aux parents et aux educateurs, 1942).
Está dotado, en efecto, de un
auténtico talento para el periodismo, que le permite escribir deprisa y sin esfuerzo. Pero no
puede dejar de incluir en esas obras menores referencias a su empresa magistral, demasiado
alusivas para no parecer a veces oscuras, pese a su estilo cálido y fácil.
Cuando Ferrière se dirige al
público “especializado” de educadores profesionales, la rapidez de la escritura le
preocupa tanto como la necesidad de entregar obras terminadas. Así por ejemplo, a pesar de la
extensión de sus dos tomos, L'école active (1922b) es un libro precipitado, descuidado incluso,
que Ferrière debe a la facilidad de su pluma, a una documentación reconstituída
apresuradamente y a su arte de aprovechar escritos más antiguos. La redacción de este
libro da comienzo el 18 de septiembre de 1921 y se termina, en la página 425, el 23 de octubre a
las doce y media del mediodía. Este apresuramiento no puede dejar
de proporcionar argumentos a sus detractores.
Poco después de la publicación del
libro se produce un ataque que afectará de modo particular a Ferrière. Sin aviso previo, su
“querido amigo y colega” ginebrino Edouard Claparède publica en febrero de 1923 un análisis del
libro en el que ridiculiza al autor, reprochándole haber escrito un amasijo en el que la
noción de escuela activa, para él tan sencilla, queda asfixiada en un fárrago filosófico y doctrinal
insoportable. Esta reseña asesina no está, desde luego, desprovista de intencionalidad
política: a Claparède le molesta la tendencia de Ferrière a ir a su aire y
apropiarse la idea de “escuela activa”. Dicho esto, hay que reconocer que intelectualmente Claparède no
andaba muy equivocado. De haber tomado más tiempo, Ferrière habría rehecho sin duda
el libro. Por lo demás, la obra de 1946 que lleva el mismo título, L'école active, de
dimensiones mucho más reducidas, es de hecho un montaje de algunos capítulos procedentes a la
vez de L'autonomie des ecoliers (1921), La Pratique de l'école active (1924) y L'Ecole
active (1922b): poco queda, en definitiva, de la obra de 1922.
Hoy diríamos que este libro, a
pesar de su carácter de operación a la vez publicitaria y militante, no encontró a su
público.
UNA OBRA INACABADA
Sin embargo, Ferrière creía
disponer de un público para su gran obra intelectual. En 1927 publica Le Progrès spirituel,
grueso libro de 364 páginas que debía iniciar una ambiciosa serie bajo el título general de L'education constructive. Ferrière quería exponer en esa serie los considerandos pedagógicos de sus
análisis de los decenios precedentes. Pero la obra fue un fracaso editorial, y la serie no
se publicó nunca. Tampoco en este caso pudo Ferrière llegar hasta un público capaz de leerlo
sin desanimarse: L'education constructive se presenta como una serie de “charlas de
psicología genética dirigidas a los padres y los maestros”, pero Le Progrès spirituel, en el que se
cita a más de trescientos autores, es más que nada una suma doctrinal destinada sobre todo a
los intelectuales. No obstante, en esta obra de síntesis Ferrière aborda
demasiados temas que hoy día pertenecen a disciplinas distintas, y en las cuales
los medios universitarios no le reconocen como especialista. Sus perspectivas no
dejan de centrarse excesivamente en la educación. En su afán por presentar un
pensamiento a la vez global y basado en lo esencial, Ferrière propone un discurso “desfasado” que corre el riesgo de caer en el vacío.
Con todo, la deserción del público
obedece a otras razones. A finales de los años 20 se produce el desencanto de los
militantes idealistas o psicologistas.16 La pedagogía experimental se convierte en disciplina
científica, frente a la psicología “experimentada” de los “intuitivos puros” tal y como la concibe
Ferrière.17 Los “practicantes” reducen la “escuela activa” –esta utopía prometedora– a la categoría
de “métodos activos”, simple colección de procedimientos útiles. Se confirma el ascenso, en
el seno del Grupo Francés de la Educación Nueva (GFEN) fundado por Ferrière, de las
tendencias socialistas y comunistas que, en el Congreso de la Liga Internacional celebrado en Niza en
1932, contribuyen a sustituir los principios “espiritualistas” inspirados en 1921 por Ferrière18
por otros más orientados hacia las preocupaciones de la igualdad social y la
democratización.
Al final del decenio, y a pesar
del gran número de traducciones de sus obras, Ferrière constata, no sin amargura, su
aislamiento intelectual. Subestimando la influencia que ejerce con sus obras de divulgación, el
16 de febrero de 1929 escribe en su Journal: “Mis decepciones (subrayado en el
texto). Constato con cierta amargura que, al parecer, he dedicado mi vida a la Escuela
Nueva, que ignora mis esfuerzos y mis escritos. Muchos directores a los que he escrito
han olvidado mi existencia. La mayoría de sus colaboradores ni siquiera me conocen. Mis libros
son para ellos letra muerta. Nadie quiere editar mis libros; si encuentro algún editor, se las
arregla para quedarse con todo el beneficio. No tengo dinero, ni en consecuencia secretaria, ni
medios de escribir mi obra. Creo poseer algunas cualidades de fondo, y disperso mi vida en
pequeños favores que nadie me agradece...”. Ferrière no tuvo discípulos.19 No
habrá un “movimiento” Ferrière como ha habido un “movimiento” Montessori o un
“movimiento” Freinet (véase Hameline, 192).20 En Ginebra, Ferrière permanece aislado, tanto
en el Instituto Jean-Jacques Rousseau como en la OIE.
Entre los pocos fieles que no le
abandonan, cabe citar a Célestin Freinet quien, hasta el final –a riesgo incluso de alterar un poco
la historia (véase Hameline, 1991)– afirmará que su lectura de L'Ecole active y el encuentro
con Ferrière en el Congreso de la Liga, en Territet-Montreux (1923), fueron los factores
desencadenantes de su vocación de innovador.
EL PENSAMIENTO DE FERRIERE
No es posible comprender el
pensamiento educativo de Adolphe Ferrière sin tener presente que su obra intelectual no es,
ante todo, pedagógica. En cierto modo, se trata de una antropología, simultaneada con una
filosofía social, uno de cuyos componentes lógicos son los textos sobre educación. Debemos
comprender que lo que preocupa a Ferrière, desde su juventud hasta el periodo que él
mismo llama “metafísico” (1900-1910), es situar el fenómeno humano en el contexto en el que
cobra su significado, y este contexto se reconstituye con la aportación a la vez de las
ciencias biológicas y de las ciencias sociales, sobre un fondo de evolucionismo.
UN ECLECTICISMO APARENTE
Durante sus estudios en la
Universidad de Ginebra, siguió primero (1898-1900) cursos de zoología y anatomía comparada en
la Facultad de Ciencias y un curso de “Economía social y sistemas políticos” en la Facultad
de Letras. Después, cursa estudios de filosofía, historia, psicología e historia de las
religiones. En 1905 obtiene una licencia en ciencias sociales.
Todo Ferrière se revela en este
aparente eclecticismo. Este estudiante está poseído por el deseo de construir una vasta
síntesis. Se siente intelectualmente capaz y socialmente autorizado a ello: proviene de un
medio en el cual es incuestionable que un joven intelectual “distinguido”, con las facilidades
que posee, puede enseguida y, en cierto modo, espontáneamente, convertirse en
interlocutor de la gente que cuenta. Ferrière frecuenta a esta gente
“naturalmente”: son tanto “relaciones” como maestros. Adolphe Ferrière adquiere
pues desde muy pronto el tono de seguridad, la certidumbre de la propia valía y
la conciencia de una ambición legítima. Pero al mismo tiempo es un gran
trabajador. Organiza metódicamente su documentación. Lee mucho y con rapidez, y
escribe también mucho y muy deprisa.
Su tesis de 1915, premiada por la Universidad de Ginebra, es fruto de diez años
de trabajo. Pero ya dos opúsculos de 1910, La loi biogenetique et l'education y
La science et la foi anuncian lo que será su pensamiento. El primero se publica
en los Archives de psychologie, la revista “científica” que dirige Claparède. En
él se trasluce la aspiración del “generalista” a elegir un colegio de
“especialistas” para realizar su obra y alcanzar la celebridad en el estrecho
mundo de los “sabios”: la disciplina elegida será la psicología. El segundo
estudio es una respuesta a un concurso internacional organizado por Coenobium,
del que fue uno de los premiados, lo que le dio la satisfacción de ser apreciado
por Henri Bergson, que era miembro del jurado, y por Theodore Flournoy que
escribió el prólogo de la obra.
Estos dos pensadores trazan la
línea que seguirá la doble vocación de Ferrière, quien no obstante se declaraba
igualmente acreedor de “mi profesor de filosofía en Ginebra”, Jean-Jacques Gourd (1922b, pág. 104).
EL ALUMNO DE JEAN-JACQUES GOURD
El pensamiento de Ferrière, tal y
como se expone en los dos opúsculos de 1910, puede interpretarse como una tensión
imposible. En efecto, deben tenerse en cuenta tres elementos de una misma construcción. El
universo humano cuyo inventario hace Ferrière es ante todo un universo de la “necesidad” (las
“leyes”) sometido a la determinación (o a la predeterminación) natural del orden de las cosas, lo
que su maestro Jean-Jacques Gourd llamaba “lo coordinable material”. Pero es también el
universo de la “obligación” (“la” ley) donde se registra, según sus términos, la aparición
igualmente natural de la “espontaneidad creadora” al servicio del “progreso del espíritu” y de la
liberación del higher self bajo el signo de la aceptación “autónoma” del orden de las cosas
(lo que J.J. Gourd llama “lo coordinable práctico”). Pero queda una tercera dimensión del
universo humano, que Ferrière toma también de Gourd, la dimensión sagrada de lo que está
“fuera de la ley”, lo “incoordinable” donde se sitúa la misteriosa eventualidad de que las
cosas humanas vayan efectivamente bien o mal. ¿Cómo hablar a la vez de “ciencia”, o
sea, la sumisión a la “coordinación” de los hechos, y de “fe”, es decir, el llamamiento a la
creencia en una “incoordinación” fundamental que no pueden evitar quienes desean legitimar una
empresa verdaderamente humana y por ende, para ellos verdaderamente divina?
Las convicciones de Ferrière son,
en cierto modo, “cientifistas”. El cree poder encontrar en las ciencias los
recursos para construir un conocimiento racional del fenómeno humano y deducir de él dos líneas
de acción: por una parte, proponer una concepción razonada de la educación del
futuro: por la otra, dar una lectura “moderna” y “progresista” del legado de las religiones.21
Esta perspectiva “biogenética” se
enmarca en el movimiento intelectual del evolucionismo, que a comienzos de
siglo era el planteamiento científico común de ser vivo. Ferrière lo aplica al desarrollo
del ser humano. Sus primeros intentos de elaborar su concepción de la psicología
genética y los tipos psicológicos22 se repetirán a lo largo de toda su obra, hasta su libro inacabado
L'Orthogénése humaine ou l'ascension vers l'Esprit, de 1959. Un resumen casi definitivo
de esta última obra figura en su Notice sur les problémes de la psychologie génétique et sur
les applicationes de cette science é l'education et é l'economie sociale, que presenta
en 1923 como contribución a la creación de un instituto de genética en Ginebra.
EL ESPECIALISTA EN BIOGENÉTICA
Ferrière se niega vehementemente a
que se califique su método de “filosofía deductiva” (1930, pág. 10). Y en este sentido –al
igual que Jean-Marie Guyau (véase Esquisse d'une morale sans obligation ni sanction, 1903;
L'irréligion de l'avenir, 1909), un pensador del que se siente muy próximo– a Ferrière le hubiese
ofendido que lo tomaran por un metafísico escolástico y dogmático. ¿En qué medida su
enfoque tiene una finalidad metafísica? Se trata, en último término, de dar razón de un
“porqué”: ¿“Por qué” este “energetismo” propio de todo ser vivo se convierte en el hombre en un
crecimiento de la potencia del espíritu?23 ¿Por qué la vida, en todo ser vivo, constituye un
“esfuerzo espontáneo de autocreación”? (1930, pág. 11).
La noción central es, desde luego,
la de “biogénesis”. Para Ferrière, esta noción no hace más que explicitar los datos
de la experiencia más positiva. Existe un dinamismo universal en el que el psiquismo
de los humanos encuentra a la vez su motor y las vías por las que expresarse. “Favorecer este
tránsito y esta culminación de la armonía entre el microcosmo humano y el macrocosmo, ésta es la
obra de la educación” (Ibid. pág. 10). Ferrière propone que las imágenes, para él
pueriles, que transmiten las religiones establecidas se reinterpreten de un modo
totalmente simbólico. En Dios ve ante todo la inmanencia operante que provoca la
elevación interior hacia lo más verdadero, lo más bello, lo mejor, y lo hace
coincidir, en su punto culminante, con el orden
mismo del mundo: “Mis creencias y mi ciencia son inseparables. Y es que no tengo
ninguna creencia metafísica, y mi ciencia se eleva por encima de la materia. La biología me
enseña la vida ascendente en el germen y en el espíritu. Esta es mi creencia. El resto es hipótesis
y esperanza” (Respuesta al cuestionario de Coenobium, publicada en 1912 y retomada en la
2a edición de La science et la foi, 1912, pág. 58).
Su tesis es una tesis de
sociología. Pero ello se debe a que espera volver a encontrar, en la organización de las
sociedades, las mismas “leyes” –en particular la del progreso– que rigen la organización del ser
vivo, sobre todo el humano. En una nota biográfica anónima de 1940, que cabe pensar que escribió
el propio Ferrière, se precisa: “Eligió la sociología que fue su disciplina de doctorado,
reservando a sus estudios personales, mucho más profundos, la psicología, en particular la del
inconsciente”.
EL INCONSCIENTE
Este término tiene para Ferrière
un significado poco freudiano. Como muchos, Ferrière descubrió el psicoanálisis y
observó la extraordinaria efervescencia que provocan, en su medio intelectual, los debates acerca
del inconsciente. En su Journal reconstitué habla de una cura psicoanalítica con el Dr. de Montet en noviembre-diciembre de 1911. Breve experiencia: pero esta
brevedad es norma en la época. ¿Puede sin embargo decirse que lo que ocurre
allí, su capa de psicoanálisis, lleva la
etiqueta freudiana? Ferrière muestra una gran reserva respecto del freudianismo. El
“pansexualismo” de la teoría de la libido le choca. ¿Se trata de “resistencia”? ¿Hasta qué punto Ferrière ha “analizado” sus propios afectos? En un artículo de 1926 dedicado a “los tipos
psicológicos revelados por los sueños” habla efectivamente de
“nuestra
acción de psicoanalistas”. Pero también cita las palabras de Jean-Marie Guyau:
“el análisis mata el sentimiento”. Y
dice temer que la operación analítica desestabilice “los buenos sentimientos”. Su único objeto han
de ser “los malos sentimientos”.
Estas categorías morales de lo
“bueno” y lo “malo” revelan en Ferrière la presencia atenta del educador, bajo la
máscara del psicólogo. La acción educativa, como la terapeútica, debe llevarse a cabo en nombre de
la superioridad de lo consciente sobre lo inconsciente, de la primacía del
espíritu sobre los mecanismos elementales de la conducta. Ferrière no se siente muy tentado a confundir
psicoanálisis con exaltación de los impulsos. No comparte el mesianismo libertario de algunos
de sus contemporáneos, como Reich o Neill.24 Se considera un moderado, y a Neill le parecía
que seguía siendo bastante “puritano”.
LA ANTROPOLOGÍA DE FERRIÈRE
Ferrière basa su investigación
“psicológica” en cuatro grandes ejes que la perspectiva biogenética le hizo determinar ya
en 1910 (Véase 1922b, pág. 215; 1923, pág. 8; 1931, pág. 9): 1) el energetismo: como todo
ser vivo, el hombre está animado en su interior por un “impulso vital” (la expresión está
tomada explícitamente de Bergson) que le induce a conservarse y a crecer; 2) la ley
del progreso (tema de la tesis sostenida en 1915): este crecimiento se opera a través de
dos fenómenos complementarios que se “equilibran”, la “diferenciación y la concentración
funcionales”. 3) la herencia: la especie se conserva por neutralización de los rasgos
divergentes y varía por el legado de las divergencias; 4) la recapitulación (que Ferrière llama
“ley biogenética”): el desarrollo del individuo pasa por diversas fases que reproducen las
del desarrollo de la especie.
Sobre estos cuatro ejes “teóricos”
se insertan cuatro problemas que exigen investigaciones “prácticas” a las
que la psicología, según Ferrière, debe consagrarse. Así aparecerán, fundamentados en la
naturaleza y la razón, nuevos principios educativos que son los mismos que los de la educación
nueva y la escuela activa:
1) A la ley de recapitulación
biogenética debe corresponder efectivamente una nueva educación basada en el interés
vital, que respete el tránsito de lo “primitivo” a lo “civilizado” en los niños.25 Este
tránsito se efectúa en diversas fases cuya descripción y número varían. En el cuadro
publicado en 1922 y reeditado en 1946 se distinguen doce períodos en grupos de tres, con
cuatro edades distintas: sensorialidad (primera infancia), imitación (segunda
infancia), intuición (adolescencia) y razón (juventud y madurez);
2) El hecho de la herencia debe
conducir a establecer un inventario de tipos psicológicos cuyas denominaciones coinciden con
las fases de la ley biogenética: sensorial, convencional, intuitivo y
racional. Estos tipos se combinan entre sí, dando los doce períodos (convencional sensorial,
convencional puro, convencional intuitivo, etc.);
3) Junto con este inventario, y en
relación con la capacidad de progreso de cada uno, el psicólogo hará el diagnóstico
individual que será al mismo tiempo pronóstico y orientación;
4) Por último, la energía del ser
vivo en el hombre corresponde, en su mayor parte, a la esfera de lo inconsciente y de sus
virtualidades; por consiguiente, ayudar al tránsito de lo inconsciente a la consciencia
es una de las misiones de la psicología, si ha de ser verdaderamente “genética”.26
En 1930 Ferrière resume de nuevo
sus tesis en un folleto que edita él mismo, titulado L'avenir de la psychologie génétique et
l'education. Ahora bien, hay dos cosas que sorprenden si consideramos la fecha: más de
veinte años después de sus primeros bosquejos, la palabra avenir (porvenir) sigue figurando
en el título, como si Ferrière expusiera todavía un programa por realizar; y, efectivamente, el
opúsculo de 1930 no hace más que repetir, con pocas variaciones de detalle, las
aseveraciones propuestas en el curso de 1909. Entre las dos fechas, Ferrière escribió varios miles de
páginas sobre estos cuatro componentes de la psicología genética. En cambio, sólo llevó a
cabo de un modo muy superficial e infructuoso los intentos empíricos de verificación de sus
hipótesis, y aún menos, naturalmente, los de invalidación. El mismo era consciente de eso y en
1922, cuando hace de esta cuádruple construcción el “fundamento psicológico” de su
escuela activa, advierte a sus lectores “confiando en su intuición” para hacerse entender:
“Las verdades fundamentales expuestas en este capítulo están mezcladas y envueltas en
hipótesis. Pero aunque estas hipótesis sean menos fundadas que los datos de la ciencia
experimental, aunque todavía no (el subrayado es suyo) estén todas corroboradas por estadísticas o
cualquier otro medio de control objetivo que pueda expresarse en cifras, son
desde luego algo más, y algo distinto, que suposiciones gratuitas. Se basan en
realidad en la experiencia, en la vida, y se levantan sobre ellas con la
prudencia y la objetividad de un método científico consciente a la vez de su
potencia y sus límites” (1922, pág. 215).
En la nueva versión de L'école
active, de 1946, reproduce textualmente esta advertencia (pág. 29) y vuelve a
subrayar el “todavía no”. Sigue enunciando la confirmación empírica. El lector deberá confiar
en el método que el autor no renuncia a presentar como “científico”.27
TIPOCÓSMICA
Paradójicamente, esta empresa de
verificación-invalidación de esta tipología tratará de llevarla a cabo, desde 1923 y sobre todo
desde 1924 con ocasión de su encuentro con K.E. Kraft, a partir de la astrología. “Hay
aquí”, escribe en su balance del año 1923, “una pista que quiero seguir: el fracaso o el éxito me
atraen por igual; lo que me divierte es la investigación y el control...” Esta ambivalencia de
sentimientos, que debe reconocerse prejuzga bastante bien lo que es una actitud científica,
estará presente a lo largo de una investigación particularmente obstinada que durará treinta años
y al final parecerá una simple rutina. Ferrière recolectó y comparó miles de “cielos de
nacimiento”, con la ayuda de una compleja instrumentación estadística preparada en
colaboración, a veces tempestuosa, con Kraft. Páginas enteras de su Journal y de su Grand Journal
están cubiertas de esos símbolos gráficos que le permitían determinar en sus interlocutores,
o en los autores cuyas obras leía, las actitudes, conductas y tendencias que alimentaban su
tipología.
En todo caso, la obra es
importante: Caractériologie typocosmique. 1932; Symboles graphiques de la typocosmie, 1940;
Vers une classification naturelle des types psychologiques, 1943, y sobre todo
Typocosmie (4 tomos) en 1946-1955. Esta parte de su obra ha sido siempre tratada con
gran discreción, o bien ha sido objeto de menciones huidizas, burlonas, escandalizadas o, cuando
menos, perplejas. Cabe interrogarse si Ferrière pensaba efectivamente en realizar por esta
vía la investigación que se esperaba de él, arruinando al mismo tiempo su crédito en los
círculos intelectuales. Pero él creía que la historia de la especie se recapitula en cada historia
individual, y también creía en la correspondencia de la vida humana con el orden cósmico de las
cosas. Por otra parte,tampoco era reacio a una nueva oportunidad de singularizarse, a
riesgo de aumentar su aislamiento.
LA EDUCACIÓN SEGÚN FERRIÈRE
En cambio, las ideas educativas de
Ferrière no son las de un individuo aislado. Aquel sordo estaba a la escucha de la
infancia, se hizo su portavoz. Su obra dirigida al “gran público” sigue siendo uno de los grandes
vehículos de los temas fundamentales de la Educación nueva, y ha contribuido ciertamente a la
aceptación, como cosa natural, de esta relación cotidiana con los niños que, aún sin tener nada en
común con el laisser-faire permisivo, trata de asentarse en la confianza y la autenticidad.
La película que filma en 1929
sobre el Home “Chez Nous”28 ofrece un adecuado resumen de esta concepción de la
educación de una infancia feliz y responsable. La cámara sigue la experiencia de un grupo
de niños que se toman a su cargo por completo, desde que se levantan hasta que se acuestan.
Para los niños es una cuestión de honor “hacerlo todo solos”.
Los mayores procuran ayudar a los
más pequeños sin remplazarlos. La concordia reina en la pequeña república. El aire libre
es su regla de higiene. Los niños van a recoger leña al bosque vecino. Cuidan del jardín. Se
suben a los árboles. Se bañan desnudos sin falso pudor. El aprendizaje se basa en la
movilización de centros de interés tomados de la vida corriente, ésta misma lugar privilegiado de la
“vida” a secas; las palabras que los niños aprenden a leer designan los objetos del entorno
cotidiano, la planta que se dibuja y se recorta ha sido recogida antes del jardín; los
cálculos se hacen jugando a las “tiendas” o enfilando abalorios en un collar. Y los mayores llevan su
“libro de la vida”, un catálogo confeccionado y decorado cuidadosamente con los materiales
más sencillos, y en el que se ordenan según una clasificación racional los
diversos documentos que se irán encontrando al azar. Desde luego, este azar el maestro puede
provocarlo o facilitarlo un poco... Pero la iniciativa es de los niños.
El trabajo individual se alterna
con el colectivo y con las explicaciones para todos los alumnos. No hay clase ni “lecciones”. Todo
se basa en la felicidad de aprender, de autodisciplinarse y de manifestar la solidaridad. La
energía para el bien, latente en todo niño “sano”, puede manifestarse sin trabas. Todos
ponen a prueba sus cualidades particulares y las explotan en la medida de sus posibilidades,
poniéndolas sin reserva al servicio de la comunidad. Ni violencia, ni culpabilidad, ni sanción. Y,
sin embargo, no es la anarquía. Todo permanece “limpio y en orden”, como se dice en el cantón
de Vaud.
UNA LECTURA DOCTRINAL
¿Debemos reprochar a Ferrière
haber hecho desfilar, en esta jornada idílica y forzosamente ficticia, los “Treinta puntos” de
su inventario de evaluación de las escuelas nuevas, publicados por primera vez en 1915 y que él
mismo utilizó en años posteriores para establecer la lista de premios? A partir de 1929, el Home
“Chez Nous” va a ocupar el primer lugar de esta clasificación. Pero, al propio
tiempo, como este inventario es un plano, y este plano se basa en la concepción biogenética de la
infancia activa, Ferrière se interroga en 1933 (pág. 79) sobre la “alegría contagiosa” y la
“espontaneidad radiante” de los niños del Home: ¿Debemos atribuir a la práctica de la escuela activa
su voluntad de trabajo, esto es, al respeto de los adultos por la personalidad de cada uno, sus
intereses vivos y su potencia de autoinformación (prolongación de la energía específica
autoformadora de la morfología, en la biología y en la fisiología)?. Ferrière concluye su elogio del
Home recordando sus propias tesis, a riesgo de repetirse: “La vida es impulso
vital. La vida del espíritu es un impulso vital espiritual”. Y prosigue con una fórmula que se
repite sin cesar en sus escritos29: “la energía creadora se manifiesta de dentro hacia
afuera”. Esta frase resume por sí sola toda la “pedagogía” de Ferrière. Si lo de “dentro” tiene
primacía sobre lo de “fuera”, la educación negativa que propugnaba Jean-Jacques Rousseau
conserva su actualidad: no intervenir prematuramente. Y la metáfora hortícola se impone, a
expensas de la del alfarero: la educación es dejar crecer una planta, y no hacer un tiesto
(véase Hameline, 1986; Charbonnel, 1991). No obstante, este respeto de la “potencia de autoinformación” no entraña la renuncia del educador, ya que la libertad del espíritu es una “libertad
de liberación” (1928). El niño, cuyas tendencias “naturales”30 le impulsan al bien,
necesita que le ayuden, aunque sólo sea para adquirir buenos hábitos. “Para que
pueda considerarse bueno, un hábito debe dar lugar a la liberación del espíritu.
Mecanizar lo inferior a fin de liberar lo superior, he aquí la fórmula” (1921;
véase 1935, pág. 20).31
LA ESCUELA ACTIVA, ESCUELA DEL
RENDIMIENTO
Esta última noción de mecanización
revela la preocupación de Ferrière por la noción moderna del rendimiento. No será el último
en hacer suya la célebre fórmula de Washburne, uno de los promotores del trabajo
individualizado en los Estados Unidos: “Hay que taylorizar la instrucción para revalorar la
educación”. Sólo en apariencia es paradójico que el cantor de la infancia feliz y espontánea sea al
mismo tiempo partidario explícito de la organización científica del trabajo.
La admiración de Ferrière por
Taylor no es fingida ni disimulada. Ferrière comparte con Taylor tres principios. El
primero se expresa en forma de un lema de racionalización de los costos, que Ferrière eleva a
regla de oro de la escuela activa: “el máximo de efectos útiles con el mínimo de esfuerzos
inútiles” (véase 1922b, pág. 286, y Hameline, 1987). El segundo corresponde a la concepción de
Ferrière de la organización científica del trabajo, que es la misma que la de Taylor: sólo un “experto”
puede, desde fuera y mediante la observación metódica de las actividades del
trabajador y su interpretación, prescribir el procedimiento para hacerlas más rentables. No
obstante, para Ferrière este experto no es un burócrata de los métodos, sino uno que combina la
intuición y el razonamiento, la “ciencia y el sentido común”. Ferrière no duda, en tal caso, de
que esta observación “desde fuera” no vaya a coincidir con las tendencias naturales que “desde
dentro” favorecen la rentabilidad del esfuerzo y es que ésta no puede ser
contraria a la armonía y a la realización de las propias potencialidades. Taylor
decía querer el bien del obrero, de ser necesario sustituyendo su rutina por
métodos más racionales. A su vez Ferrière desea ardientemente el bien del alumno,
de ser preciso luchando contra los hábitos heredados de la vieja escuela, y en
todo caso sustituyéndolos por otros más aptos para “liberar” el espíritu, a fin
de que pueda responder a su vocación superior.
Por último, otro punto de
coincidencia con Taylor: Ferrière no cree que todos puedan aspirar a cualquier plaza. Ni la
movilidad ni la educación suprimen las jerarquías “naturales” entre los individuos. El cultivo
de las aptitudes del alumno ha de dar la “solución a un problema de economía política
(...): situar cada vez más a los hombres en la esfera en que puedan ser más útiles” (véase
1922b, pág. 285). Esta última frase es una cita que Ferrière toma de Marc-Antoine Jullien
cuando éste presentó, en 1812, L'esprit de la méthode d'éducation de Pestalozzi. Así, el
mismo Ferrière que en 1927 celebra el “gran corazón maternal de Pestalozzi”, hace
referencia a la figura emblemática de la pedagogía activa para legitimar su deseo de situar “the
right man in the right place” (1922b, pág. 285).
UNA TEORÍA COHERENTE DE LA
ORGANIZACIÓN SOCIAL
Además, hay quien ha nacido para
mandar, y otros que han nacido para obedecer; el “líder” precoz de grupos que describe
Ferrière en su autorretrato inconfesado no puede dejar de aprobar esta concepción de las
relaciones económicas y sociales. El demócrata es también un elitista. Pero el elitista es un
demócrata sincero. Los trabajos de Ferrière sobre planificación económica (véase Pour un plan
suisse de travail au-dessus des partis, 1935) guardan relación con sus concepciones de la
educación. En ellos se recomienda evitar por igual el estatismo y el capitalismo salvaje. Para poner
freno a la ley del más fuerte, que es la norma de éste último, Ferrière preconiza el contrapoder
de las cooperativas de productores y consumidores, de las que fue un ferviente defensor. Sin
embargo, precisa, en adelante conviene “actuar por y para las masas”; no hay que “exasperarlas,
sino esclarecerlas y satisfacerlas” (1935, pág. 225). Y solamente una “sociología
científica”, en manos de personas cualificadas y preparadas, permitirá la coincidencia de la
voluntad del Estado y de la voluntad popular (1935, pág. 144) mediante un dirigismo que combine
“la ciencia y el sentido común”, como Ferrière propugna en el campo educativo.
BALANCE: EL LEGADO DE
ADOLPHE FERRIERE
Ciencia y sentido común: fórmula
ésta característica de una mente moderada. Hoy día Ferrière sería considerado, en política, un
hombre de centro, centro-derecha según unos, centroizquierda para otros. Su
pensamiento educativo tampoco lleva los estigmas del extremismo. Si sus ataques
a la “escuela tradicional” son virulentos, ello se debe a que los espíritus “convencionales”,
siempre dispuestos a someterse a las normas del grupo y a adoptar sus prejuicios,
le parecen tan peligrosos como los rebeldes. Ni unos ni otros son los verdaderos actores del progreso.
Ahora bien, el “progresismo” es el
rasgo distintivo del pensamiento de Ferrière. La “ley del progreso” es una
referencia constante en toda su empresa intelectual, hasta sus últimas obras,
como por ejemplo L'Essentiel, publicado en 1952. El pensamiento de Ferrière no
es conservador. Es sorprendente lo poco que interesa el pasado a este hombre. Es
la palabra “porvenir” la que se repite una y
otra vez en sus escritos. Si bien una inclinación intelectual le induce a “pensar” el devenir
histórico, lo hace como filósofo del fenómeno humano, poco dispuesto a examinar sus
evoluciones efectivas, con sus series propias y, sobre todo, su carácter conjetural y aleatorio.
Al asignar una ley al progreso, Ferrière inscribe este fenómeno en la naturaleza de las cosas. Lo transforma en metáfora,
en un proceso tanto más armonioso cuanto que es implacable. Hace necesidad de la
finalidad. Y es que su pensamiento, al tiempo que es un “cosmismo”, sigue siendo
fundamentalmente un “naturalismo”.
SEGUIR LA NATURALEZA
En el pensamiento de Ferrière se
superponen dos nociones de la naturaleza humana. La primera no deja de guardar
relación con la imagen de lo “estático”, en contraposición a lo “dinámico”. Esta noción incluye a
los individuos humanos en la “organización” de un Todo (1952, pág. 215), no sólo social
sino cósmico, en el que cada uno “recibe” su lugar, más que “lo toma”. Cada uno pertenece a un
tipo. Y es asumiendo este tipo diferencial como cada uno aporta su contribución a la
edificación del Todo. Pero esa diferencia hace que unos ocupen un nivel superior y otros uno
inferior de la escala, ésta misma “progresiva”, o sea jerárquica, de los tipos: no todos los tipos son
iguales. Y esta jerarquía psicológica es, en definitiva, el resultado de una jerarquía
antropológica y social.
Las etapas de progreso que
describe Ferrière son también puntos de fijación en los que algunos se detienen por su propia
naturaleza. La educabilidad de los seres humanos no es indefinida. El niño “convencional”
seguirá siendo “convencional” de mayor, y desarrollará las virtualidades de su tipo, contento
en su categoría.
Este naturalismo de los tipos y su
lectura biogenética representan sin duda el legado más discutible del pensamiento de Ferrière. Y no es que no haya regularidades en las diferencias, pero en la medida en
que él las agrupa en un conjunto, estas regularidades (a pesar de los matices
que él mismo aporta) pueden muy bien dar la impresión de aprisionar las singularidades en una especie de
fijación paradójica. En una carta del 24 de febrero de 1902, su padre le advertía: “Tú eres
abstracto, imaginativo, forjador de ideas, y corres el peligro de convertirte en un simple soñador
de lo insondable”. Quizás el peor error de Ferrière fue el haber mantenido, en la edición
abreviada de 1946 de “L'Ecole active”, el cuadro comparado de las “funciones preponderantes
en las diferentes edades de la infancia y la humanidad”, preparado para la edición de 1922.
Abandonándose a su facilidad de clasificador, Ferrière esquematiza su propio pensamiento
hasta el extremo de caricaturizarlo.
La segunda noción de “naturaleza”
que presenta Ferrière corresponde, en su pensamiento, a la imagen de lo “dinámico”.
Todo ser vivo puede ir hasta el límite de su propio progreso, es decir, realizar su
naturaleza y, en consecuencia, coincidir con lo universal. Uno de sus lemas es la máxima pindárica
del antiguo estoicismo: “Llega a ser lo que eres”. En su ejemplar personal de La liberté de l'enfant à l'école active (1928), Ferrière corrige así de su propia mano la fórmula: “Llega a
ser el que eres”. La ley biogenética, que resume en el desarrollo individual las etapas
del desarrollo de las especies, explica ambas versiones encuadrándolas en el orden de las
cosas naturales. Así, la libertad es el corolario del progreso de una evolución, esencialmente
una “liberación”: un individuo libre es aquél que ha conseguido liberarse dinámicamente
de lo que le impide coincidir con lo que hay de mejor en él tal y como lo ha hecho la
naturaleza, ya que ésta no puede, salvo accidente, haberlo hecho mal.32
Partiendo de “instintos que,
básicamente, son normales y sanos” (1953) el espíritu debe acrecentar su potencia. Y en
esto consiste el progreso. Pero, una vez la haya acrecentado, se verá que con ello
no habrá hecho nada que no sea natural. Y sin embargo, nada es fatal, porque el espíritu
puede no acrecentar su potencia.
UN NEOESTOICISMO MODERNO
Hay una grandeza indiscutible en
este neoestoicismo moderno que plantea el enigma de la libertad humana en términos a la
vez rigurosos y generosos. El “espiritualismo” de Ferrière es una defensa de la energía (véase Cultiver l'energie 1933), lejos de toda mojigatería. Ferrière construye una síntesis
antropológica sin duda apresurada y más imaginaria que verificada por los hechos. Pero capta la
progresión fuerte y exaltante del fenómeno humano. La metáfora de la “elevación” hacia una mayor
potencia del espíritu encuentra hoy, en un momento caracterizado por el fracaso del
materialismo histórico y el triunfo del materialismo a secas en la vida cotidiana, una gran
capacidad de estímulo, a pesar del cinismo que suscitan las deficiencias de una imagen
demasiado ingenua del progreso. Ferrière no es, desde luego,
cínico. Pero tampoco es ingenuo: si bien mantuvo, después de dos guerras mundiales,
su fe intacta en el triunfo posible de la energía espiritual sobre la entropía o las fuerzas
disociadoras, no lo hizo a ciegas. Ferrière es el hombre que espera. Y en su espera hay una
esperanza. Incluso es capaz, de ser preciso “de esperar contra toda esperanza”, ya que según él
en la espera se encuentra el motor de toda educación. El 15 de mayo de 1951 escribió las
últimas líneas de L'Essentiel. El mismo día sufrió un ataque cerebral que supuso el fin de su
gran obra intelectual. En cierto modo, pues, la frase conclusiva de esta obra es como
una despedida de Ferrière: “no se trata de ser optimista, sino de ver claramente y actuar. A
escala milenaria, la humanidad consciente de la potencia del Espíritu apenas está en sus
comienzos” (1952, pág. 241).
NOTAS
1. Facultad de Psicología y
Ciencias de la Educación. Universidad de Ginebra.
2. Mon Grand Journal (1930-1960)
es una crónica de sus reflexiones y lecturas. Consta de catorce volúmenes de
tres a cuatrocientas páginas cada uno aproximadamente.
3. La lectura del “Petit Journal”
en las fechas en que estaba escribiendo L'Ecole active (1921) muestra que
a la edad de cuarenta años Ferrière aún no había leído sistemáticamente a
Rousseau ni a Pestalozzi. Y reconoce estas lagunas sin remordimiento alguno, más
bien con un cierto orgullo. Durante su formación universitaria, Ferrière
concedió un lugar sumamente limitado a la pedagogía, entendida en el sentido de
los conocimientos académicos sobre la educación. Si bien es cierto que siguió
los cursos de Paul Duproix en la Facultad de Letras durante el semestre de
verano de 1902, sólo fueron unas pocas semanas y estas enseñanzas no parecen
haber calado mucho en nuestro autor.
4. Adolphe Ferrière empezó muy
joven a llevar una crónica cotidiana de su existencia. El incendio de su casa en
1918 causó la destrucción de todos los cuadernos anteriores a esta fecha.
Ferrière concedía tanta importancia a esta crónica que con ayuda de la
correspondencia y de los testimonios de su familia reconstituyó en la medida de
lo posible los cuadernos perdidos de su infancia y juventud.
5. Un detalle que quizás haga
sonreír hoy: en las fotos oficiales de los congresos de la Liga, Ferrière
aparece a menudo con el cuello de la camisa abierto mientras que los demás
señores, tanto funcionarios como delegados, llevan corbata.
6. Grunder (1992; se publicará en
1994) ha dedicado un estudio a los jefes de las escuelas nuevas de Suiza
demostrando que, en general, eran directores de instituciones, buenos
administradores de ideas abiertas pero que distaban mucho de compartir el ardor
militante de los miembros de la Liga.
7. Gerber (1982) observa en el
Journal reconstitué que Ferrière estima probable que la visita de Demoulins
tuviese lugar en enero de 1900. Sin embargo, después Ferrière insistió siempre
en el año 1899 como fecha de fundación de su Oficina Internacional de la Escuela
Nueva.
8. En un libro de sonetos
publicado bajo el seudónimo de “Dr. Frédéric Emmanuel” en 1926, Ferrière se
dirige a su padre y a su madre, “Parentibus meis: Madre, tú me diste mi musa
poética / La imaginación que todo lo anima / Tú me diste el amor y el ensueño
encendido / Las vastas visiones y el don de la profecía./ Padre, tú me diste el
espíritu científico / El carácter recto que sabe reprimirse / Padre, tú fuiste
quien me enseñó a formarme / De ti me viene el alma del estoico”.
9. El Dr. Frédéric Ferrière, padre
de nuestro autor, gran figura de la Cruz Roja Internacional, llegó incluso a
pensar en darle la dirección de un centro escolar para niños de salud frágil en
la estación climática de Leysin. Pero Ferrière no se mostró entusiasta.
10. A las dos y media de la mañana
del 24 de marzo de 1902, escribe a sus padres: “Acabo de pasar una de las horas
más hermosas de mi vida. Desde las 10 y media hasta ahora hemos estado hablando
con el director (...) Esta noche he entrevisto verdaderamente la inmensidad de
su genio, y me siento abrumado. Ya os hablaré de eso más adelante. Es como si un
velo se hubiese desgarrado en el cielo, y apercibiese un segundo cielo detrás;
tengo la impresión de que un profeta ha bajado de las alturas y me ha hablado...”
11. Isabelle Bugnon, profesora de
ciencias naturales, sobrina del gran naturalista y pensador Auguste Forel,
conoció a Adolphe Ferrière en 1908. Se prometieron en 1909 y se casaron el año
siguiente. Isabelle Ferrière fue la colaboradora infatigable de su marido y su
intérprete oficial, por la “dureza de oído” de él. Elisabeth Huguenin
(1885-1963), natural de Locle, colaboradora de Paul Geheeb en la “Ecole
d'Humanité”, tuvo una breve experiencia (1919-1920) poco concluyente, como
directora de la “Ecole Vinet” de Lausana y, habiéndose quedado sin
empleo, aceptó la oferta de Adolphe Ferrière de participar en la experiencia de
Bex. A continuación ejerció de docente en la “Ecole des Roches”, en Francia, y
se dedicó a escribir numerosas obras sobre la educación de la mujer (véase
Këpeli, 1992; Chaponnière, 1992).
12. Varios poemas de sus dos
libros de poesía (Dieu dans l'homme, 1926; La forge de l'esprit, 1936) reflejan
su deseo casi carnal de rodearse de niños: “Toda mi felicidad se cifra en una
sola cosa / Vivo solamente de vuestros besos / Frescos muchachitos de fácil
sonrisa / Y del canto leve que vuestras voces modulan...” “Toda mi desgracia
tiene un solo origen / El no oir ya vuestros cantos y risas... / El golpe más
duro de esta suerte inicua / Es que también me han quitado vuestros besos”. En
un tríptico poético de 1936, Ferrière evoca, de manera desgarradora y púdica, el
accidente sufrido por su mujer que le privó de la hija de sus sueños. Evoca el “otro
amor” que ofrecerá a una de las huérfanas del Home: “Estrecharla en tus brazos
disipa tu dolor / Los besos que te devuelve te hacen renacer...”
13. Esta crítica viva e irónica de
la escuela pública contribuyó a que muchos viesen en Ferrière un detractor de
los docentes. En la nueva edición de su obra, publicada en 1947, él se creyó
obligado a afirmar su aprecio por la corporación.
14. Ferrière quedó tan
impresionado por este incendio, en el que pereció una empleada de la casa y
desapareció toda su obra intelectual, que escribió un relato que leería más de
diez años después a los niños del Home “Chez nous”. Ferrière dedicó no menos de
seis sonetos a este acontecimiento. El 26 de septiembre de 1946 escribía a Roger
Cousinet: “Treinta mil fichas sobre documentos y observaciones, una inmensa
biblioteca de obras minuciosamente anotadas por mí: más de veinte años de duro
trabajo, todo ello volatilizado en una noche (con cuatro manuscritos listos para
la imprenta)” (véase Cousinet, 1960). Véase el “perfil” de Cousinet en
Perspectivas, 1987, XVII (4), recogido en la presente obra.
15. Respecto del papel de Ferrière
en el nacimiento de la OIE, véase Stock, 1979.
16. J. Moll (1989) ha descrito la
historia de la corriente psicoanalítica de los años 20 y su reflujo después de
un periodo de fuerte efervescencia.
17. Raymond Buyse, fundador del
Laboratorio de Pedagogía Experimental de Lovaina, escribe lo siguiente en
L'Expérimentation en pédagogie (1935, pág. 49): “Hemos propuesto el adjetivo
“experimentada” para designar esta tendencia, tan de moda en los medios
avanzados, a vivir intensamente, generosamente la obra de la educación
considerada como la gran “aventura social” (...). En su parte teórica, este
movimiento pretende ser, sin modestia, científico; pero debemos entender por
ello que se inspira sobre todo en conclusiones atrevidas o hipótesis azarosas de
las ciencias afines a la pedagogía: la biología (ley de la recapitulación
abreviada), la psicología infantil (leyes del interés), la sociología (interpretación
del alma infantil en comparación con la mentalidad primitiva). (...) No se trata,
en fin de cuentas, más que de analogías algo vagas o aproximaciones
inconsistentes. Lo que percibimos en ello, las más de las veces, es una temible
confusión entre la ciencia experimental y una especie de filosofía, llamada
científica, que no tiene nada que ver con la ciencia”. Ferrière es evidentemente
el destinatario de esta severa advertencia.
18. Los archivos del Instituto
Jean-Jacques Rousseau poseen un documento conmovedor: una nota manuscrita de
Ferrière dirigida a Béatrice Ensor, presidenta de la Liga, durante la reunión
del Congreso de Niza de 1932 en la que se revisaron los principios de la
adhesión al movimiento: “Salvemos por lo menos el artículo primero”. Se trata
precisamente del artículo “espiritualista” redactado por Ferrière en Calais en
1921, que atribuye a la educación el cometido de “acrecentar en cada uno la
supremacía del espíritu”.
19. En 1929, un grupo de amigos
decidió crear un “Fondo Adolphe Ferrière” para financiar la publicación de sus
libros. Pero esta iniciativa tuvo un eco muy reducido. En 1959, una Asociación
de Amigos de Adolphe Ferrière publicó un cuaderno trimestral titulado “L'Essentiel”,
con la finalidad declarada de estudiar y difundir la obra de Adolphe Ferrière y,
partiendo de sus datos, emprender nuevas investigaciones. Pero este “centro de
investigación” no sobrevivió a su fundador, Roger Munsch.
20. El “perfil” de María
Montessori apareció en Perspectivas, 1982, XII (4), y el de Célestin Freinet en
1980, X, (3).
21. Esta empresa refleja un estado
de ánimo bastante extendido en los medios intelectuales protestantes de la Suiza
francófona (véase Berchtold, 1964). Fernando Vidal, en una tesis reciente (1989)
ha demostrado en qué medida Jean Piaget participó, en su juventud, en este
movimiento. Entre 1915 y 1919 Piaget fue un “militante” de esta nueva lectura
del legado religioso y Ferrière (L'Essor, 1919) veía en aquel joven el
reconciliador profético de la ciencia y la fe que dejaría su impronta en el
siglo XX.
22. En 1922 menciona con
entusiasmo (pág. 247) la clasificación de Jung. Pero, en una insinuación que
refleja su habitual rivalidad, precisa que su propia tipología es anterior.
23. La fórmula figura ya en la
obra del filósofo Jean-Jacques Gourd (Le Phénomène, 1888), que Ferrière
consideraba su maestro.
24. El “perfil” de Alexander Neill
se pûblicó en Perspectivas, 1988, XVIII (2).
25. Ferrière gustaba de repetir la
paradoja que atribuía a Sanley Hall: “para ser un buen civilizado, hace falta
haber sido antes un buen salvaje”.
26. Sería instructivo comparar el
sentido que Ferrière y Piaget dan al término “genético”. A primera vista, ambos
ginebrinos no pueden estar más distantes entre sí. Piaget despreciaba totalmente
la obra teórica de Ferrière; ello es debido a su total ruptura con las
especulaciones filosófico-religiosas de su juventud militante, que suscitaron la
admiración de Ferrière. El cosmo-vitalismo y el espiritualismo de este último,
el tono vibrante y retórico de sus escritos, la ausencia de verificación fáctica
y la mezcla constante de constatación y prescripción tenían que desagradar
forzosamente a Piaget, a quien, además, debían recordar todo lo que había
querido dejar atrás. En Biologie et connaissance (1967; véase 1992) Piaget
muestra el poco interés epistemológico de la noción teleológica de “progreso”,
recargada de un juicio de valor. “Dicho esto”, añade, “el problema es encontrar
criterios objetivos de una jerarquía de los tipos de organización, dicho de otro
modo, de una acción evolutiva de un vector” 1992, pág. 123). Y toma prestada de
Rensch la noción de “apertura” creciente, “en el sentido del aumento de las
posibilidades adquiridas por el organismo durante la evolución”, habiendo
elevado el conocimiento a “culminación necesaria” de este “progreso”, “por
cuanto multiplica el campo de posibilidades”. Estamos a la vez muy lejos y muy
cerca de Ferrière, tanto más cuanto que Piaget, en la misma obra (pág. 92) se
remite a las hipótesis “recapitulativas” de Baldwin, a las que el propio
Ferrière hace referencia. Piaget evoca, pues, experimentos con escolares
ginebrinos de 7 a 9 años de edad, cuyas interpretaciones de ciertos fenómenos
físicos “corresponden” a las del “sentido común” adulto de los contemporáneos de
Aristóteles. La acción vectora del conocimiento, a escala de laespecie, parece
pues pasar por etapas cuyos equivalentes se encuentran en el desarrollo
cognitivo del niño.
27. En 1941 Piaget evoca la
tentación de “concebir la realidad como un flujo irreversible y el espíritu como
el poder de liberarse del tiempo y el espacio...” Pero añade, mostrando con ello
todo lo que le separa de la posición metafísica de su juventud, y que siguió
siendo la de Ferrière: “Pero ¿por qué improvisar individualmente sistemas
subjetivos cuando se puede contribuir, por poco que sea, al esfuerzo colectivo
que constituye la investigación científica?”. Esta cita me la proporcionó
Fernando Vidal, a quien agradezco su amistosa ayuda.
28. Ferrière y el lechero son los
únicos adultos visibles en la pantalla. En este montaje de sí mismo puede verse
el afán del propagandista que organizaría proyecciones de la película para
decenas de miles de espectadores (es ciertamente una de las películas
pedagógicas que más se vieron entre 1930 y 1940). Podemos ver en ello también
una compensación simbólica -y ciertamente conmovedora- de su dolorosa
frustración por no haber podido realizar lo que se muestra en la película... En
cambio, las directoras no aparecen en la película.
29. En realidad la idea ya es
pestalozziana. Ferrière hace de ella el fundamento mismo de la escuela activa.
30. “Todo lo que hay en el hombre
de bueno, de sano y de armonioso, lo ha heredado de millones de antepasados que
adaptaron su naturaleza íntima a las leyes inmutables de la naturaleza” (1921;
véase
1935, pág. 26). Uno de los sonetos
del libro Dieu dans l'homme (1926) se titula “El niño es bueno al nacer”. Es un
diálogo con Rousseau, a quien se da la razón.
31. Ferrière toma de William James
la distinción entre “higher self” y “lower self” (véase 1928, pág. 24).
32. En un artículo de L'Essor, de
junio de 1919, titulado “El problema de la nueva filosofía”, Ferrière escribía
ya: “En una sola palabra, estéticamente, somos lo que podemos ser, lo que no
podemos no ser. Estamos determinados. Dinámicamente, en cambio, somos una fuerza,
una energía cósmica, una chispa del espíritu, un fragmento de esta gran luz que
adivinamos y que llamamos Espíritu”. Ferrière añade que una existencia puede
ser, estáticamente, un “no valor”, pero “desde el punto de vista del dinamismo
espiritual” le corresponde revelarse como “una fuerza que puede, con su solo
ejemplo, engendrar otras fuerzas”. De este modo, el dinamismo del espíritu
vendría a corregir lo que el estatismo de la herencia, la situación social o los
accidentes de la vida puedan tener de fatal. Ferrière sabe que, “estáticamente”,
en 1919, es un ser disminuido por la sordera, por el incendio de 1918, por la
ruina financiera de 1919. ¿Cómo no ser un “no valor” con tantos inconvenientes?
Este es el desafío que le hace optar por el “sobresalto” dinámico en el que se
revelará su “valor”, sin cambiar en nada su “no valor” estático. Pero basta con
que otros hagan depender todo valor de lo “estático” de las cosas y de los
lugares para estigmatizar a Ferrière como paladín de un espiritualismo sometido
al orden social, constituido en diktat fatal de la “naturaleza”. Lo que no
dejaron de hacer los detractores del espiritualismo.
OBRAS CITADAS DE ADOLPHE
FERRIERE
La bibliografía prácticamente
completa de los 2000 artículos aproximadamente que publicó Ferrière entre 1904 y
1960 fue establecida por Eva Strool-Kiraly en 1982. La bibliografía de las obras
de Ferrière fue verificada y recapitulada por Rémy Gerber en 1989. Estos
documentos, no publicados, pueden consultarse en los Archivos del Instituto
Jean-Jacques Rousseau (Universidad de Ginebra).
Petit jóurnal, inédito, 43 tomos, 1918-1960.
Journal reconstitué, inédito, 1879-1918.
Mon grand jóurnal, inédito, 14 tomos, 1930-1960.
Journal de notre petite classe, inédito, 1921.
Un destin en marge des autres, inédito, 1953.
Project d'école nouvelle, Neuchâtel, Foyer solidariste, 1909.
La loi biogénétique et l'éducation, Ginebra, Kundig, 1910.
La science et la foi, Lugano, Casa editricie del Coenobium, 1910; 2é ed.
aumentada, Neuchâtel, Delachaux & Niestlé, 1912.
Biogenetik und Arbeitsschule, Langensalza, Beyer u. Söhne, 1912.
Les fondaments psychologiques de l'école du travail, Bruselas, Imprimerie Rossel
et fils, 1914.
La loi du progrés en biologie et en sociologie et la question de l'organisme
social, París, Giard et Brière, 1915.
Préface à Faria de Vasconcellos (A.)- Une Ecole nouvelle en Belgique, Neuchâtel,
Delachaux & Niestlé, 1915.
Transformons l'école, Béle, Azed, 1920 (trad. al sueco, español, italiano,
portugués, checo, esperanto); 2a ed. revisada, París, J. Oliven, 1947.
L'autonomie des écoliers, l'art de former des citoyens pour la nation et pour
l'humanité, Neuchâtel y París, Delachaux & Niestlé, 1921 (trad. al italiano,
español y polaco).
L'éducation dans la famille, Neuchâtel y Ginebra, Editions Forum, 1921
(traducido al español, rumano, alemán, griego, finlandés, turco y holandés); 4a
ed. revisada, Lausanne Editions du Secrétariat romand d'hygiéne sociale et
morale, 1935.
L'activité spontanée chez l'enfant, Ginebra, Editions internationales populaires,
1922a.
L'école active, 2 vol., Neuchâtel y Ginebra, Editions Forum, 1922b (traducido al
rumano, español, italiano, alemán, serbio, japonés, portugués, inglés, urdu e
hindú); nueva edición corregida y aumentada, 1946.
Notice sur les problèmes de la psychologie génétique et sur les applications de
cette science à l'éducation et à l'économie sociale, Ginebra, Imprimerie du
Commerce, 1923; nueva edición revisada, con el título
L'avenir de la psychologie génétique et l'éducation, Ginebra, Soiciété générale
d'imprimerie, 1930.
La pratique de l'école active, Neuchàtel y Ginebra, Editions Forum, 1924 (trad.
al ruso, portugués, italiano y español).
La coéducation des sexes, Ginebra, Imprimerie générale, 1926 (traducido al
español).
Dieu dans l'homme, sonnets, bajo el seudónimo de Dr. Frédéric Emmanuel, Ginebra,
Editions de la Petite fusterie, 1926.
Le grand coeur maternel de Pestalozzi, París, Groupe français d'education
nouvelle, 1927 (traducido al español); nueva edición. Yverdon, Centre de
documentation et de recherche Pestalozzi, 1983.
Le progrès spirituel, Ginebra, Editions Forum, 1927 (traducido al español,
alemán y portugués).
La liberté de l'enfant à l'école active, Bruselas, Lamertin, 1927 (traducido al
español).
Trois pionniers de l'education nouvelle, París, Flammarion, 1928 (traducido al
español).
L'école sur mesure à la mesure du maître, Ginebra, Ateliers Atar, 1931
(traducido al serbio, italiano y español).
Caractérologie typocosmique, Ginebra y París, Atar et Bureau français
d'éducation nouvelle, 1932.
Cultiver l'energie, Saint-Paul, Editions de l'Imprimerie à l'école, 1933a.
Un foyer: “Chez nous”, Pour l'ére nouvelle, 1933b, XII (86), 76-79.
Pour un plan suisse du travail au-dessus des partis: essai de sociologie pure
appliquée é l'actualité, Lausana y Zurich, Guilde du Livre Gutenberg, 1935.
La forge de l'esprit, sonnets, Imprimerie de Nessonvaux (Bélgica), 1936.
Symboles graphiques de la typocosmie, editado por el autor, 1940.
Nos enfants et l'avenir du pays, appel aux parents et aux éducateurs, 1942
(traducido al italiano).
Vers une classification naturelle des types psychologiques, Niza, Editions des
Cahiers astrologiques, 1943.
L'essentiel, introduction au symbolisme universel des religions, Lausana, Held,
1952.
Typoscomie, 4 vol., Niza, Cahiers astrologiques, después Turín, Rigois,
1946-1955.
L'orthogénése humaine ou l'ascension vers l'esprit. Les types psychologiques
selon la tradition, la science et la religion, Neuchâtel, H. Messeiller, 1959.
OTRAS OBRAS MENCIONADAS
Berchtold, A. La suisse romande au
cap du XXe siécle, Lausana, Payot, 1964.
Buyse, R. L'expérimentation en pédagogie, Bruselas, Lamertin, 1935.
Chaponniere, M. Devenir ou
rédevenir femme. L'education des femmes et le mouvement féministe en Suisse, du
début du siécle à nos jours, Ginebra, Société d'histoire et d'archéologie, 1992.
Charbonnel, N. La tâche aveugle, 2
vol., Estrasburgo, Presses universitaires de Strasbourg, 1991.
Charlot, B. La mystification pédagogique, París, Payot, 1976.
Coquoz, J. Le Home “Chez nous” (1919-1989), un modéle d'éducation nouvelle entre
célébrité et anonymat, Ginebra, Archives Institut Jean-Jacques Rousseau, 1989;
se publicará en 1994.
Cousinet, R. “Adolphe Ferrière (1879)”, en L'Ecole nouvelle française, sin fecha
(1960), 84, 2-9.
Gerber, R. “Naissance d'une vocation”, en Autour d'Adolphe Ferrière et de
l'Education nouvelle, Ginebra,
Cahiers de la Section des sciences de l'éducation de l'Université de Genéve,
1982, 39-58.
Chronologie d'Adolphe
Ferrière (1879-1960), 1ère partie: 1879-1934, Ginebra, Archives Institut Jean-
Jacques Rousseau, 1989.
Gerber, R. et al. Les écoles
nouvelles é la campagne: entre l'idéal et la réalité. La cas de l'Ecole-Foyer
des Pléiades, Ginebra, Archives Institut Jean-Jacques Rousseau, 1990. Se
publicará en 1994.
Grunder, H.U. Das Schweizerische Landerziehungsheim zu Beginn des 20.
Jahrhunderts, Berna, Peter Lang, 1987.
——. “Les fondateurs d'écoles nouvelles en Suisse: qui étaient ces gens-là?”,
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Reformpädagogik” (Ginebra, 1992), se publicará en 994 en Education nouvelle:
au-delà de l'histoire hagiographique ou polémique, Berna, Peter Lang.
Guyau, J.M. Esquisse d'une morale sans obligation ni sanction, París, Alcan,
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